lunes, 16 de enero de 2012
viernes, 4 de noviembre de 2011
SECOND ROUND
En un delirio de justicia universal -o en mis fantasías postadolescentes, que para el caso es un poco lo mismo-, a veces imagino que todas las personas que se han alejado de mi sin preguntarme si me parecía bien, se juntan en la puerta de mi casa en un terrible ataque de arrepentimiento (nótese que en ese delirio también tengo una casa fija en la que se me puede encontrar, dejar notas, regalos y flores. No hay más mudanzas ni cajas repartidas por distintas ciudades; hay una casa base a la que regresar después de viajes espectaculares por el mundo y oh, milagro! no hay que pagarla).
Volviendo a la fantasía. Misteriosamente, todas estas personas se han dado cuenta al mismo tiempo de cómo molo y cómo la cagaron, y más misteriosamente aún, yo ya no las necesito para nada y soy la reina de la autosuficiencia.
Podría decirles un montón de cosas: cómo las he esperado, mejor, cómo me he marchitado esperándolas, cómo me he muerto de ansiedad al no entender, cómo me he jodido el cerebro imaginando las simultaneidades más perversas. Podría decirles todo eso, y ellas me escucharían, compungidas, arrepentidas, suplicando con los ojos mi perdón. Pero en realidad, aún y con esa posibilidad, prefiero no hacerlo y en un ejercicio de estupendismo me suelto la coleta, dejo que todos los pelos vuelen a cámara lenta y, más ancha que larga, me voy.
Al final, además, lo mejor de la fantasía no es este final peliculero, si no el hecho de que la puesta en escena no es estratégica: las personitas de la puerta y su arrepentimiento me importan absolutamente un bledo.
La última vez de este delirio fue ayer. Y entonces dejé de imaginar y me encontré en Melbourne otra vez, ordenando las cosas de mi nueva habitación. Con ganas de justicia universal pero desde luego con la autosuficiencia poco suficiente, más cercana a la estrategia que a la indiferencia; muy blandita, vamos. De modo que salí a correr para acordarme de todas las cosas que me gustan de esta ciudad y para expulsar con el sudor los fantasmas de este jetlag emocional que llevo arrastrando desde que llegué, hace una semana.
Melbourne tenía que esperarme con la primavera puesta y todavía hace frío. Igual yo tenía que traer el sol desde Barcelona, pero no me ha pillado en eso.
Los dos meses fuera de aquí han pasado como una especie de espejismo. En Madrid y en Barcelona he visto a decenas de personas y tengo la sensación de no haber visto a a nadie, de no saber bien en qué anda toda la gentecilla que hace poco más de un año eran parte de mi día a día. Aunque la haya visto, y nos hayamos alegrado tanto, y nos hayamos besado y abrazado y tocado mucho.
Me he pasado casi todo el viaje a casa planteándome si (o cuando) volvería a vivir allí, con cierta decepción al confirmar que algunas cosas siguen con la misma parálisis, con cierta torpeza intentando adaptarme a unas rutinas que ahora ya no son las mías y con cierta extrañeza al estar de paso en el sitio de dónde uno es.
En medio de todo eso, algunas conversaciones.
"- Al grano: Estáis juntos?
- Bueno, no sé si juntos, pero estamos empezando.
- Ya, pero estáis juntos entonces.
- Bueno, algo así, supongo. Parece.
- Qué bien, me alegro, se veía venir, bla bla bla"
U otras.
"- Bueno, te lo quería decir, pero es que estabas lejos, y no hablábamos... Pero vamos, todo sigue igual, en serio!
- ¿Sí?
- Claro, sí! "
No sé si todo sigue igual. No debería. En realidad, empezaba a ser todo un poco menos raro la semana que me tocaba volar otra vez, así que de nuevo tampoco demasiado espacio para conclusiones.
En cualquier caso. Hoy me curan los espacios verdes de esta ciudad y ahora me cuesta imaginarme en un sitio sin pájaros al salir de casa ni bicicleta todo el rato. Menos mal. Porque estas cositas (que además oh! son gratis) me dan aliento y me convencen un poco en medio de tanta duda, ahora que tengo a todos los fantasmas de todas las fiestas temáticas bailándome dentro.
(Habrá que asustarles a ellos).
domingo, 28 de agosto de 2011
Sueños raros en estos últimos días de viaje: amores antiguos mezclados con los de ahora, todas mis amigas diciéndome a la vez que están embarazadas en el aeropuerto de Barajas, broncas raras y surrealistas, diferentes protagonistas de épocas distintas juntos en un show esperpéntico, Melbourne y Madrid mezclados en escaparates de Barcelona. Me levanto tan sumamente cansada y desubicada que tardo un rato largo en colocarme en el mundo. Después de varios meses de plácidas noches vacías de marmota, una extrañísima avalancha de secuencias dispares me bombardea, en una especie de multicine despiadado y simultáneo. Algo así como un balance involuntario ahora que sin remedio estos días se acercan a su fin.
La mañana que me iba de Melbourne, hoy hace trece días, M. me leyó el horóscopo. Estábamos tranquilos, en el salón, como si en lugar del día D del que se había evitado hablar fuera una mañana cualquiera. 20 grados en pleno invierno. En tres horas yo estaría en el aeropuerto de la ciudad en la que había vivido los últimos cinco meses, y aún así, me encontraba sorprendentemente relajada (maletas hechas el día anterior, una auténtica y excitante novedad en mi vida). Me preguntó: ¿qué signo eres? Tauro, dije. Se rió, haciéndolo con gesto cariñosamente repelente, con un poco de ‘algo me cuadra en eso’. Creí que ya se lo había dicho, pero debió de ser que no, porque el dato le hizo gracia, y sin duda le pareció revelador.
El caso es que el 16 de agosto de 2011 los visionarios del The Age digital nos dedicaban a los toritos lo siguiente: “Yesterday is history, tomorrow is a mistery, but today is a gift. That is why is called the present”. No me acuerdo qué más venía, igual ni le escuché. En realidad no soy muy fan de estas frases lapidarias de dedicatoria teregalounlibro, pero reconozco que ésta me pilló cerrando cosas, en el inicio de este nudo de estómago nacido de la conciencia de que ya estoy volviendo a casa, y además sí, un poco conmovida por las despedidas y por las conclusiones. Como si entendiera de repente que no era tanto lo que me llevaba de allí ni lo que pasará cuando vuelva a Melbourne a finales de octubre, si no el privilegio de vivir en ese preciso momento la tristeza de despedirme de la ciudad. Lo que eso significa.
Así que, en fin, disfruté del adiós en plano ralentizado, aunque no quise girar la cara hacia la calle cuando se me cayeron un par de lagrimotas cruzando la entrada de la terminal Internacional en Tullamarine.
Total. Tras dejar Melbourne en invierno en un avión de Jetstar, ocho horas después, en Bali y en verano, me encontraba con mi amiga A. tras un año sin vernos. De entre todas las cosas maravillosas con las que nos hemos homenajeado, hemos hablado mucho. Previsiblemente, claro. Hemos hablado de todo, sin categorías ni discriminaciones intelectuales: desde la dimisión de Steve Jobs y las incógnitas del audiovisual en medio de la revolución digital, hasta de las canas que me están saliendo en la patilla izquierda. Previsiblemente también, los temas Madrid, cañas, compis, curros, precariedades varias y demás terrenalidades que dejé atrás hace un año se han acercado a nuestra mesa. Ha sido algo así como desenterrarlos. Es curioso porque el primer día que me encontré a A. en Ubud, todavía tenía Madrid muy lejos y Melbourne muy cerca. Sin embargo, ella ha sido el puente entre el Melbourne en llamas que me llevé y el Madrid y Barcelona que están por venir. Me fui de la ciudad australiana en estado volcánico, con un montón de cosas encendidas allí, y con la angustia de dejarlas todas a la mitad. Con el miedo de que no me esperasen, de que no me esperen, vaya. Sin embargo, en Bali he asentado de nuevo lo que ya había aprendido antes, en el viaje: la conciencia de que nadie es imprescindible y de que, en fin, lo que tenga que esperarme, me esperará. Y a relativizar los demás plantones.
Días de cierre en los que además, A. me reencuentra y me recuerda la que era antes de irme, el estrés en el qué me encontraba, la incapacidad para afrontarme a ciertas cosas, y yo le sumo tantos otros puntos que la lista resulta aburridísima. No me lo ha dicho en estas palabras, pero diría que me ha encontrado un poco como la de siempre, pero multiplicada (esperemos que no en dimensiones físicas) y aliviada. Y ha sido una feliz conclusión porque supongo que a esto era a lo que venía: a quitarme las pieles. Y pensándolo bien, me parece bonito poder decir ‘he vuelto yo’, incluso más que ‘he vuelto distinta’. O bueno, dependerá, claro.
Nos quedan cuatro puestas de sol en Bali, hoy es la número cuatro, y empieza a restar. Miro a A. que, sentada en un templecito o porchecito o construcción mística balinesa o lo que sea en medio de la playa, recopila las pautas de estos días para convertirlas en semillitas realistas y viables para su plan. A. tiene un plan para que respirar hondo no sea sólo cuando no puedes más si no cuando tú lo decides y por el placer de hacerlo, y yo, ahora que el nudo en el estómago aprieta y que empiezo a estar excitantemente nerviosa, sólo tengo canciones horteras salidas de no sé dónde martilleándome la cabeza (“qué es lo que tengo, qué tengo de tó!”) y esta avalancha de sueños raros que llegan, deduzco, de algún sótano maltratado allí dónde nunca barremos.
martes, 12 de julio de 2011
De abrigos rojos y otras fantasías

En otro orden de cosas de estas inconexas, acabo de terminar un videecito, que no es lo máximo porque es una promo, y además de una escuela de inglés. Vamos, el antisueño del documentalista.
viernes, 17 de junio de 2011
DISTANCIAS, el tráiler, y algo más
Soy de la marca de los tardones. Lo he sido toda mi vida, y complicado veo lo de cambiar estas cositas a los 31. Lo he pulido bastante e incluso me atrevería a decir que a veces lo disimulo con mucha credibilidad, pero quién tuvo retuvo.
En fin, todo esto para decir que, finalmente y con un poco de retraso, cuelgo aquí el trailer de nuestro documental Distancias, rodado en Cuba en junio y julio del 2010 junto a Lina Badenes.
El documental está de paseíllo por festivales desde enero de este año, y ha recogido, de momento, el Premio Mon-Doc al mejor documental 2010, a la vez que ha circulado por distintas muestras y festivales. (En la web del documental se puede ver la lista).
Es una pieza pequeña hecha con mucho esfuerzo, algunas peleas, otras tantas alegrías y abrazos, mucha convicción a ratos y un escepticismo absolutamente desesperanzador otras tantas horas. Vamos, el cóctel de la clásica operación suicida, o sea, un documental con poca pasta y muchas ganas.
Adjunto algunas fotos del rodaje, la sinopsis y la información sobre las directoras, o sea, Lina Badenes y una servidora.
Espero que al volver a Madrid podamos hacer una presentación en toda regla, con todas sus cosas y sus celebraciones, o sea, canapeses y copas de cava, esenciales en cualquier presentación que se tercie.
DISTANCIAS
SINOPSIS
A través de tres vidas y tres generaciones (Rebeca, Massiel y Christian) Distancias se aproxima a la opción individual de permanecer en Cuba. A pesar de que la mayoría de los seres queridos esté fuera del país. A pesar también de haber tenido una oportunidad real para abandonar la isla. Permanecer por amor, por convicción, por la voluntad de hacerlo, porque otros lo han decidido en tu lugar. Es justamente esta decisión la que conforma el reto que asumen nuestros protagonistas: aprender a vivir siendo la persona en la que uno se convierte a partir de la nueva vida de ausencias.
SOBRE LAS DIRECTORAS
LINA BADENES, Licenciada en Comunicación Audiovisual, amplía posteriormente sus estudios en producción y realización. En 2004 viaja a Holanda e Italia, empezando su incursión laboral en el documental social, que la ha llevado a rodar en Uruguay, Argentina y Cuba, entre otros. Vuelve a España en 2007 y funda Turanga Films, en dónde trabaja abordando dos frentes: el de la producción en ficción y realización en documental.
MARIONA GUIU, Licenciada en Humanidades, actualmente reside y trabaja en Melbourne. Empezó trabajando como redactora en distintos programas de televisión. Como realizadora, ha dirigido varios videoclips, vídeos para Internet y la serie documental Revelados para Biography Channel. Como productora, ha producido distintos videoclips y algunos de sus propios trabajos. Mejor con canciones, co-dirigido junto a Ariadna Relea, fue su primer corto documental.
Distancias nace tras cursar el taller de documental en la Escuela Internacional de Cine y Televisión en Cuba.
sábado, 11 de junio de 2011
Tasmania 2: El Mona y Dustin Hoffman
Sin tener la cabeza torcida ni el tartamudeo (y espero que tampoco un hermano tan impostado, insportable y sabelotodo como Tom Cruise), David Walsh es un multimillonario tasmano que comparte con Raymond Babbitt el don por los números y las secuencias numéricas. Walsh padece también el síndrome de Asperger, que es un trastorno mental y de comportamiento que forma parte del espectro de trastornos autísticos.
jueves, 9 de junio de 2011
dos cientos setenta y cinco

domingo, 5 de junio de 2011
Rodaje en Saint Kilda, Melbourne. Foto de Irene Cabré-con guiones.
-todo por puntos.
-punto a.
-punto b.
-punto c.
En el segundo todo parece sacado de una agenda.
Los puntos, ahora, son:
1) La semana que cierro. Cada vez trabajando más y, aunque contenta, a veces y sólo a veces me planteo si es esto lo que quería. El invierno en junio también ayuda a pensar así.
Feliz, de todos modos, con los vídeos que me van saliendo, con las clases y con los alumnos. Mis clases favoritas son las de catalán. Sí, clases de catalán en Melbourne. Tengo un grupo de estudiantes espectacularmente heterogéneo con razones muy distintas para aprender la lengua de Pompeu Fabra.
(Abro paréntesis: en Melbourne hay una pequeña comunidad de catalanohablantes compuesta no sólo por los que venimos de Catalunya si no por australianos que, fascinados por la cultura catalana, llevan años estudiando la lengua y la historia de nuestro mini país. Flipante y admirable).
Creo que disfruto tanto con estas clases porque también me reconcilian, en cierto modo, con la falta de "activismo" de los últimos tiempos. Pongo las comillas en activismo, e intentaré explicarlo rápido y evitando panfletos.
La historia es que yo he crecido en la convicción de que existe una cierta "obligación" de difundir y dar a conocer nuestra cultura -la catalana, se entiende- allá dónde se vaya. Otra vez comillas en obligación: es algo que nace de dentro, un sentido de pertenencia traducido en esta creencia que, junto a otras, hace que el ejercicio de difusión y promoción cultural se practique con gusto. Y aunque adaptada a mi manera -creo que a veces los catalanes nos pasamos, y pecamos de lo mismo que criticamos- sigo sintiéndome cerca de esta convicción.
Supongo que por eso a ratos me pesaba el estar de catalana "freelance" en Madrid, aunque fuera algo que al mismo tiempo había decidido. La manera de la que me fui de Barcelona (muy castigada, sobretodo, por la imposibilidad de encontrar trabajo allí, y saturada de modernos y vendedores de humo) y mi necesidad de ver mundo marcaron un stand by, un punto de inflexión en mi relación con "la causa catalana" (comillas súper necesarias que le quiten, por favor, el olor a slogan).
2) La semana que empiezo: cambios. El primero, acabo con el housesitting en el que he estado metida el último mes y medio. Ser una housesitter consiste básicamente en cuidar de una casa mientras los propietarios están fuera. Ellos se van, y tú te haces cargo de su hogar y de los animalitos que cohabitarán contigo -normalmente, la razón fundamental para vivir allí- Algo muy frecuente en el Planeta Australia, y en cambio difícil de imaginar en el planeta España, dónde de entrada no viajamos ni una cuarta parte de lo que lo hacen los australianos y sentimos, además, un (inexplicable, a veces) apego a nuestra casa de alquiler vergonzoso o de hipoteca cadavérica. Total, que los dueños vuelven y yo me voy con la música a otra parte. Concretamente, a Tasmania, dónde aprovecho el "vacío" de ser una homeless por unos días para pegarme un descanso de ciudad en la Isla del Diablo. Algo que además necesito bastante porque desde que me quedé en Melbourne tras seis meses de nomadismo, el punto número tres y último de este post, me martillea la cabeza:
domingo, 22 de mayo de 2011
martes, 3 de mayo de 2011
martes, 26 de abril de 2011
domingo, 24 de abril de 2011
El dibujito
No sé cómo funcionará en cada uno; a mi me parece que todos tenemos dentro algo parecido a un dibujito de uno mismo en un futuro; un borrador a carboncillo que funciona para seguir avanzando y coger aire.
(Sueños, metas, todos esos nombres).
Para mi es un dibujito.
En ese dibujito yo soy yo jugando a ser otra en otro lugar: una ciudad dónde nadie me conoce, dónde puedo ser quién me de la gana, dónde tengo un jardín con tomates orgánicos que riego por las mañanas durante una hora y media, gota a gota, sin desperdiciar ni una, porque no tengo prisa.
En este dibujito también tengo un abrigo rojo, hablo otro idioma con mucha fluidez y sin acento, me paseo por calles nuevas todos los días, flirteo con todo el mundo, me busco la vida sin parar pero sin agonía porque lo hago casi por diversión, desayuno en bares dónde sirven tortas que no engordan y nunca tengo frío ni calor.
Esta ha sido la imagen de mi misma que durante mis últimos tiempos en Madrid me ayudaba a caminar. El horizonte. Pura magia y vitamina cuando era un secreto, promesa brillante cuando lo oficialicé.
Yo tenía un plan, que era el de mi dibujo.
O sea (y ahora que lo pienso): Llevo toda mi vida imaginándome en otra ciudad, la más lejana posible.
La historia es que lo he imaginado durante tanto tiempo, que siempre me he seguido viendo como cuando empecé a hacerlo: embalsamada en mis veinte años. Y de repente, estoy en Melbourne y tengo que volver a pasar por el escaparate dónde me he cazado mirándome, porque esta soy yo, la del dibujito, la que juega a todo eso, pero con diez años más.
Cuando diseñaba esta ficción a los veinte años pensé que la haría realidad a los veintiuno o a los veintidós; para los treinta este guión ya no me funcionaba, pero aún así, tampoco imaginé nada para la tercera decena ni por supuesto para después. Podemos decir que primero venía esto, y luego ya habría tiempo para dibujar más cosas.
El caso es que sí, tengo treinta años y estoy, por fin, en el dibujito. Y no pasa nada, claro que no. Es raro, pero no pasa nada. Sigo jugando y aquí estoy. Camino por Melbourne pensando en maneras excitantes de explicar las diferencias entre ‘ser’ y ‘estar’ a los alumnos a los que enseño castellano, mientras caigo en la cuenta –nunca es tarde- de que es fuerte tener dos verbos para lo que los ingleses sintetizan en uno, que además, en su traducción más absoluta significa existir.
No tengo un abrigo rojo porque definitivamente mis gustos han cambiado un poco. Hace una semana me compré una chaqueta marrón con borreguito por dentro en una tienda de segunda mano. Allí flirtée un poco con mi (cada vez mejor) inglés (que desde luego no es lo fluido que era en mi dibujo). Fue un flirteo tímido, porque otra de las cosas que ya no es igual que en el dibujito es que ahora soy una tímida (inexplicable); pero salí contenta, del flirteo y del abrigo marrón.
Espero que abrigue, porque en la realidad de este dibujo, Melbourne es ahora una ciudad que se prepara para el invierno: empieza a hacer frío y creo que además, será peor en unos días. Llegué a este sitio muy ligera, con ropa de verano, y no tengo mucho más a parte de mis dos vestidos cien veces lavados y mi forro polar, pero tampoco quiero comprarme cosas. He aprendido a vivir ligera, y es una de las cosas que más me gusta.
En otro orden de cosas, Unax Ugalde ha paseado su palmito estos días por El Festival de Cine la Mirada, aquí en Melbourne. Un Festival en el que he estado implicada para poder ver películas gratis. A Unax, le veía y le leía en la cara la ilusión de estar en la otra parte del planeta. Y mientras yo pensaba que los dibujitos están sobrevalorados. Esto es otra ciudad, claro que sí. Pero con los mismos vicios de todas las ciudades. Estoy parada aquí, ya no estoy viajando. Y es Melbourne, lo que tú quieras, pero dejar de viajar es triste.
Lo que sí que es verdad es que nadie me conoce, que puedo flirtear (si quiero, y me atrevo) con quién me de la gana, que las calles cada día son nuevas, que vivo con dos vegetarianas defensoras a ultranza de las ballenas y por lo tanto es más fácil que nunca plantar tomates, y que estoy en el culo del mundo.
Sobrevalorado o no, lo cierto es que al final todo es bastante parecido al dibujito, a pesar de los treinta años y de que las tortas sí engordan.
domingo, 17 de abril de 2011
26 frames por segundo en Melbourne
Por lo demás, la vida empieza a caminar en Melbourne.
miércoles, 13 de abril de 2011
El lado masculino de La Costa Este

Pues resulta que ya llevo un mes en esta ciudad en la que decidí quedarme a vivir antes de haberla pisado.
Y resulta que antes de este mes en el que me he quedado otra vez sin tiempo para nada, hice una ruta por la Costa Este con dos desconocidos, con los cuales me atreví a bromear sobre algunos de sus vicios y algunas de mis manías tras quince días juntos en la carretera.
Durante esos días en la furgoneta me acordé que hace dos años hice otro viaje, en otras circunstancias y sobretodo, con otro estado de ánimo, también con dos hombres. Fuimos a Formentera, acariciamos atardeceres, descubrí (con bastante dolor) algunas de mis frustraciones y saqué a la luz algunos defectos que ni siquiera yo conocía, o sí: pero ahí estaban, en cualquier caso. Estaba floja, y viajar con hombres tiene lo más grandioso y lo más horrible al mismo tiempo: es fácil. Y lo fácil a veces me encanta, pero a veces me irrita soberanamente.
(Es lo que tiene no serlo. Fácil, digo).
Fue un viaje extraño pero útil, del que tengo un recuerdo difuso; un viaje que me dejó un poco tocada un rato largo y que me hizo querer (sobretodo luego) de una manera muy particular a los pequeños grandes seres que lo hicieron conmigo.
Esta vez me acordé mucho de ellos, porque de estos doscientos y pico días de travesía hay algunos en los que la desconexión es tan fuerte y la conciencia de estar en el quinto coño es tan aclaparadora, que una se pregunta si allí en el otro lado se acordarán de estos rizos, y de repente el sentido de pertenencia, en vez de reforzarse, se diluye como la tónica en la ginebra; y es ahí cuando te das cuenta que, en un sentido absoluto, no te acabas de sentir de ninguna parte.
El día uno de marzo había quedado en Brisbane con Sergi, un catalán con el que me crucé en un albergue en Byron Bay. Nos habíamos conocido muy por encima unos días antes, y como unos valientes, decidimos viajar juntos y buscar a un compañero con el que hacernos la Costa Este, desde Brisbane hasta Cairns en aproximadamente 15 días. Luego, yo volaba sí o sí a Melbourne, dónde empezaba (y empezó) la fase tres de este viaje. Dónde se acababa la broma y arrancaba, más o menos, otra vez la vida en serio. Por lo menos, un ensayo.
Y de nuevo, en esta especie de puzzle cósmico en el que todo encaja, y del que últimamente parezco ser una jugadora avanzada (primera vez en la vida que tengo esta sensación, debo decir), encontramos esa misma tarde a un alemán, Mika, que ya tenía furgoneta y buscaba a dos compañeros con los que iniciar esa misma noche una ruta hacia el Norte. Todo cuadraba.
Así que nos conocimos, acordamos muy por encima la ruta (de manera masculina, fácil), nos montamos en la furgoneta y esa noche, tras celebrar con unas cervezas nuestro oportuno encuentro, buscamos una playa en la que dormir e inaguramos la primera de nuestras noches juntos en nuestro nuevo hogar.
Durante los días de la travesía, fuimos esquivando o dejando atrás todas las catástrofes naturales que se iban aconteciendo en este país-continente, especialmente inundaciones. Hicimos kilómetros y kilómetros advertidos constantemente por la obsesión australiana, que es TAKE A REST. No te duermas en la carretera. Porque sí, si algo tienen los australianos es carreteras interminables de paisajes inmutables que funcionan como somnífero infalible.
Estuvimos en Fraser Island, la isla de arena más grande del mundo, famosa por sus dingos y por su lago mágico, el McKenzie; hicimos un crucero de dos días por las maravillosas Islas Whitsundays, un parque nacional de 70 islas de arena blanquísima en el corazón de la Gran Barrera de Coral.Despedimos la ruta con un buceo en Cairns, en la parte dónde la barrera es más generosa, y desde la misma playa pueden verse los tesoros más increíbles. Aluciné.
viernes, 25 de marzo de 2011
¡Tiempo! (O la llegada a Melbourne)
Ya he llegado a Melbourne y la ciudad, que de momento me fascina y aturulla, me ha congelado la energía en la búsqueda del espacio: una habitación, un sitio dónde parar.
domingo, 6 de marzo de 2011
Subiendo.
domingo, 27 de febrero de 2011
Antes de la Costa Este
lunes, 21 de febrero de 2011
Australia II. Enfocando.
Me di cuenta del tipo de lugar al que he llegado cuando el otro día, en la Bahía de Byron Bay, vi a un surfista haciendo surf con su pata de palo y nadie, absolutamente nadie parecía sorprenderse.
Aquí hace surf hasta el perro, y me parece que es un país que ofrece tanto placer por metro cuadrado, que los obstáculos tienen que ser realmente grandes para no disfrutar.
Porque a eso hemos venido a esta vida. ¿No?
Esto es lo que me llega, tras 15 días aquí, de Australia y del espíritu australiano, en una primerísisisisima impresión.
Pero vayamos por pasos.
La llegada a Australia fue un shock. Me lo iba imaginando, me lo venían diciendo, lo había leído etc. De nada sirvió. Los lugares comunes no le interesan a nadie, y menos cuando amenazan con romper una logradísima paz interior en un escenario impresionante. La propia piel es la que cuenta. Topicazo, pero más cierto que los yogures de cinco dólares de este país.
De modo que yo y mi mochila nos plantamos en el Aeropuerto de Brisbane desde el de Singapur, dónde había dejado a mi hermana en nuestra ya habitual despedida de rímel corrido, moco tendido y cuerpo tiritando.
En Brisbane me recibía mi amigo Santi, una inspiración para mi en toda esta fijación con las Antípodas y el único amigo por e-mail que he tenido en la vida. Él lleva 15 años en este país y hace más de tres años, cuando me plantée por primera vez la posibilidad de venir, le escribí para saber cosas y porque en el fondo (esto lo sé ahora con mi sabiduría treintañera) buscaba a alguien que me dijera: “Pos claro, mujer. Métele ovarios y vente para acá”. Y eso hizo él, con otro vocabulario y con mucha perseverancia, y desde entonces su figura ha funcionado en mi subconsciente y en los momentos de bajón como un horizonte inspirador y como el abrazo amable para mi llegada.
En Brisbane estuvimos el fin de semana en un motel. La propia palabra 'motel', con todo lo que tiene de película, más mi excitación, formaban un cóctel inverosímil; pero yo seguía viéndolo todo borroso, como borracha (sin haber bebido). La vida a través de un ojo de pez, o juntos el cansancio, el jetlag y el asombro. De modo que ese fin de semana lo recuerdo medio nublado, pero con algunos datos: una boda eritreana en la que Santi estaba trabajando haciendo el vídeo y a la que fui como invitada acoplada, una primera tarde con Julio y Estela, una pareja de españoles recién llegados y dispuestos a construir su proyecto aquí, un paseo por los alrededores con Timber Timbre sonando en mi i-pod y haciéndome sentir la protagonista de mi videoclip mental y calor, mucho calor.
El lunes, dos días después de mi llegada, cogimos el coche y bajamos a Lawrence, el pueblo dónde Santi vive con Linda, cruzando así la frontera entre Queensland y Nueva Gales del Sur, y llegando a uno de los sitios más especiales y tranquilos en los que he estado nunca.
Igual incluso demasiado.
Quizá por eso, por la sobretranquilidad y otros asuntillos que me inquietaban más que tranquilizarme, los días que estuve en ese pueblo fueron especiales y duros a partes iguales. Vi canguros y toda clase de bichos distintos, descansé, cociné (cuánto tiempo!), cogí el coche sola por carreteras con una luz que sólo había visto en el cine, tuve una habitación para mi, y Santi y Linda me cuidaron como si de verdad fuera la sobrina catalana que acaba de llegar. Pero tomé consciencia de estar de nuevo en Occidente, de la reactivación del taxímetro, de la necesidad de buscarme relativamente pronto una fuente de ingresos. De que igual tengo que, en breve, dejar de estarme moviendo como ahora y, Oh mi God, plantarme un poco en algún sitio.
¿Plantarme? ¿Dónde? ¿Por qué? Pero sobretodo, y de nuevo: ¿Dónde? ¿Cuál será el mejor sitio en esta descarada brutalidad de país?
A este susto, hay que sumarle el susto monetario, que en realidad tiene matices. Uno, cuando llega a Australia, y sobretodo si lo hace desde el sudeste asiático, se horroriza con los precios. Primero porque está claro que el surrealismo económico de Laos o Indonesia es irreproducible en el Primer Mundo, y estar comiendo por un euro o durmiendo por dos es algo que al llegar a Oceanía hay que recordar como sueño erótico que ya pasó (y como un descalabro insostenible).
En segundo lugar, uno tiende a hacer la conversión de un dólar =1 euro. Y no, no es así. En realidad un dólar australiano equivale hoy, por ejemplo, a 0.73 céntimos de euro. A lo que voy es que, definitivamente, hay cosas que son más caras, sí. Pero también es verdad que, partiendo de los sueldos australianos, me parece un país incluso barato. Lo que resulta angustiante es venir con euros y no generar más dinero porque sí, efectivamente, es un país que incita al consumo todo el rato, y las distancias son enormes, y hay que moverse, y en fin. El dinero se acaba mucho más rápido si uno quiere disfrutar de la cantidad de emociones que este país-continente ofrece, todas suculentas y esparcidas por su generosa geografía. Pero me parece que, proporcionalmente a los sueldos y a la calidad de vida, los ladrones están en casa y no aquí.
En fin. Cuando parecía que me estaba empequeñeciendo, y que la angustia me desenfocaba un poco el horizonte, tomé la decisión de irme hacia Byron Bay, el punto más al este de Australia y uno de los lugares más emblemáticos, por surfeo, por mochilerismo, por estilo de vida.
Volvía a estar sola y a tener que construirme e inventarme los días; algo que, he visto y he aceptado, me excita irremediablemente.
Byron es un lugar muy especial, el punto más oriental de Australia cargado de historias que igual no se merece pero que, desde luego, le suman puntos. El capitán Cook bautizó así esta bahía por el abuelo de Lord Byron, que era un navegante, también de carácter. Sin embargo, un funcionario de Sydney pensó que el nombre se debía al nieto y, fascinado por la gente famosa, puso a las calles de la población nombres de poetas, como Keats o Shelley.
Es un sitio privilegiado, por orientación, por las vistas, por las olas, por el clima. Somos privilegiados los que vamos allí por poder disfrutar todo esto y, de paso, de la fauna humana (variada y vistosa) que se pasea por aquí. De otras dimensiones, pero también un espectáculo.
El segundo día en la Bahía me levanté a las cuatro de la mañana para ir a grabar la salida del sol desde el faro. Ilusa de mi pensé que sería la primera en llegar allí, y mientras me ahogaba subiendo la cuesta me iba colgando mis medallas para darme ánimos. Cuando llegué, todavía de noche, compartí el espacio con toda la panda de vigoréxicos australianos que, de buena mañana y durante todo el día, se dedican a disfrutar de sus paisajes corriendo como enfermos, bajo un despiadadísimo sol que otorga a la tierra de los canguros, por cierto, la terrible titularidad de ser el país con mayor incidencia de cáncer de piel en el mundo.
Ese día, mientras caminaba hacia el faro, decidí que voy a intentar seguir viajando mientras pueda. Porque sí, porque quiero, porque creo que además hay maneras aquí de moverse con poco dinero, si uno comparte gastos y se busca compañeros.
O sea. En el sudeste asiático es obsceno hacerse el hippie, porque ya es muy barato y porque nosotros somos inmensamente más ricos que ellos. Y además, no hace falta. Sin proponérselo, uno ya gasta muy poco. Aquí, en cambio, me parece que, si encuentras la manera, se puede vivir con poco sin que nadie se meta contigo, y moviéndote arriba y abajo. Por ejemplo, es un país furgonetero: mucha gente vive en sus furgonetas, o caravanas, y se dedica a moverse por todas partes sin gastar demasiado, surfeando, conociendo los sitios, disfrutando.
Así que, mientras intentaba idear formas de intercambio que me permitan alargar la travesía antes de pararme ya un poco más en algún sitio (que seguramente será Melbourne), me daba cuenta, ya sin ningún efecto narcótico extraño, que sí, es muy fuerte, pero estoy en Australia, el país al que siempre he querido ir.
(Tendré que construirme un nuevo sueño para cuando me vaya de aquí).
miércoles, 16 de febrero de 2011
El día que llegué a la segunda parte.
El cinco de febrero aterrizaba en Brisbane.
En ese aeropuerto se daba el reencuentro con Occidente tras cinco meses por Asia, y también empezaba la nueva etapa de este viaje.
Estoy buscando la manera de explicarlo todo, y bien.
Mientras, dejo este vídeo, las primeras miradas a este país que tantas veces había imaginado.
miércoles, 2 de febrero de 2011
Indonesia con ella.
Mi hermana dice que tras estos días juntas a veces ha visto expresiones mías que la teletransportan a momentos concretos del pasado. Lo que yo he traducido (igual me hacía falta) que hay cosas de mi cara que de repente todavía tienen mucho de la niña que fui.
Admito que me alegra porque desde que he empezado este viaje, el peso de mi estrenada década (de nuevo cerca de cambiar cifra, ahora que lo pienso) me ha hecho bastante compañía, de una manera belicosa al principio, más pacíficamente instalada en los últimos tiempos.
Diría que la autonomía no vende tanto cuando una entra en los treinta (y es mujer). Es como una especie de pánico a la falta de ductilidad, mezclado con una confusión generalizada entre el sentido de la independencia y el de la suficiencia.
Y eso que este año he recibido más que en ningún otro reacciones de empatía y felicitación por la decisión de emprender este viaje en solitario. Paradojas.
Antes del momento teletransporte, yo y mi niña nos reencontramos con mi hermana en Bali hoy ya hace unos veinte días.
(Ni nos hemos enterado).
Sigo teniendo muy desarrollado el sentido de reservar los momentos especiales para las personas adecuadas aunque ahora me resulte mucho más fácil que antes juntarme con cualquiera, y disfrutar de un tiempo concreto.
Por eso hay una serie de cosas que yo todavía no había hecho sola. Justamente porque no las quería hacer sola, y tampoco las quería hacer así por las buenas, sin sentir que era el resultado de algo.
De todas estas cosas, una de las más espectaculares que hemos compartido Eli y yo aquí ha sido la ruta de varios días en moto por el este de Bali. Yo ya me había alquilado moto en Tailandia y durante los días en Indonesia sin ella, pero nada que ver.
Hacerse una ruta con alguien con quién te lees el pensamiento y a quién no puedes mirar cuando algo es puro descaro porque se os lee todo en la cara es genial. Nos divertía todo, nos gustaba todo, estábamos de acuerdo en todo. Nos enamoramos distintas veces, distintos días, distintas intensidades de unos cuantos balineses y balinesas; las terrazas de arroz desde Ubud a Sidemen nos hicieron bajar de la moto más de lo razonablemente práctico, y en todos los pueblos que paramos nos inventamos trabajos imaginarios para los que sería indispensable un retiro en el lugar en cuestión.
Después de Bali cruzamos a Java.
125 millones de personas en una superficie que es una cuarta parte del territorio español.
En Java estuvimos en Jogyakarta, la ciudad del sultán. Pobre, salvaje, transitada. Y puro bum bum. Bombeando energía continuamente. Las sonrisas más enormes jamás encontradas en el entorno más hostil. El tirar adelante como idiosincrasia cuando no existen planes b.
No me importaría quedarme aquí más días, me dice mi hermana mientras yo escribo.
Lo dice tras un largo silencio que le quita todo lo que la frase tiene de obviedad, y la llena de verdad y convicción. No lo dice por decir.
A mi tampoco.
Con ella también fuimos al Merapi.
Fue muy emocionante.
Los panfletos anuncian "dangerously beautiful", a medida que nos acercamos al pueblo.
Me parece precioso, con todo lo simple que es como lema. Me gusta todo lo que anticipa.
Nunca había estado tan cerca de un volcán. Kaliurang, el pueblo más cercano , es un complejo turístico venido a menos que recibe a sus visitantes en medio de una nube de ceniza, humo, vegetación de alta montaña y hoteles vacios y fosilizados, como si al reloj le hubieran arrancado las agujas en un momento concreto y ya nadie se hubiera molestado en arreglarlo.
Y detrás de las plantas enclenques que alguna jornada bienintencionada de reforestación ha colocado como cubiertos en una mesa, todo está dramáticamente quemado.
Hoy sólo nos quedan dos días juntas, aunque ya llevamos alguno más sollozando por la cuenta atrás.
No lo hemos podido evitar.
En dos días estaré volando a Australia. Ella vuelve a Barcelona.
Su visita era un aliento en el horizonte, y de repente, otra vez, pasa a formar parte del álbum.
La mejor compañía, la mejor manera, la mejor telepatía y el mejor país para cerrar esta etapa y cargar las baterías para afrontar el casi espejismo que está por venir.
