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domingo, 28 de agosto de 2011

Sueños raros en estos últimos días de viaje: amores antiguos mezclados con los de ahora, todas mis amigas diciéndome a la vez que están embarazadas en el aeropuerto de Barajas, broncas raras y surrealistas, diferentes protagonistas de épocas distintas juntos en un show esperpéntico, Melbourne y Madrid mezclados en escaparates de Barcelona. Me levanto tan sumamente cansada y desubicada que tardo un rato largo en colocarme en el mundo. Después de varios meses de plácidas noches vacías de marmota, una extrañísima avalancha de secuencias dispares me bombardea, en una especie de multicine despiadado y simultáneo. Algo así como un balance involuntario ahora que sin remedio estos días se acercan a su fin.

La mañana que me iba de Melbourne, hoy hace trece días, M. me leyó el horóscopo. Estábamos tranquilos, en el salón, como si en lugar del día D del que se había evitado hablar fuera una mañana cualquiera. 20 grados en pleno invierno. En tres horas yo estaría en el aeropuerto de la ciudad en la que había vivido los últimos cinco meses, y aún así, me encontraba sorprendentemente relajada (maletas hechas el día anterior, una auténtica y excitante novedad en mi vida). Me preguntó: ¿qué signo eres? Tauro, dije. Se rió, haciéndolo con gesto cariñosamente repelente, con un poco de ‘algo me cuadra en eso’. Creí que ya se lo había dicho, pero debió de ser que no, porque el dato le hizo gracia, y sin duda le pareció revelador.

El caso es que el 16 de agosto de 2011 los visionarios del The Age digital nos dedicaban a los toritos lo siguiente: “Yesterday is history, tomorrow is a mistery, but today is a gift. That is why is called the present”. No me acuerdo qué más venía, igual ni le escuché. En realidad no soy muy fan de estas frases lapidarias de dedicatoria teregalounlibro, pero reconozco que ésta me pilló cerrando cosas, en el inicio de este nudo de estómago nacido de la conciencia de que ya estoy volviendo a casa, y además sí, un poco conmovida por las despedidas y por las conclusiones. Como si entendiera de repente que no era tanto lo que me llevaba de allí ni lo que pasará cuando vuelva a Melbourne a finales de octubre, si no el privilegio de vivir en ese preciso momento la tristeza de despedirme de la ciudad. Lo que eso significa.

Así que, en fin, disfruté del adiós en plano ralentizado, aunque no quise girar la cara hacia la calle cuando se me cayeron un par de lagrimotas cruzando la entrada de la terminal Internacional en Tullamarine.

Total. Tras dejar Melbourne en invierno en un avión de Jetstar, ocho horas después, en Bali y en verano, me encontraba con mi amiga A. tras un año sin vernos. De entre todas las cosas maravillosas con las que nos hemos homenajeado, hemos hablado mucho. Previsiblemente, claro. Hemos hablado de todo, sin categorías ni discriminaciones intelectuales: desde la dimisión de Steve Jobs y las incógnitas del audiovisual en medio de la revolución digital, hasta de las canas que me están saliendo en la patilla izquierda. Previsiblemente también, los temas Madrid, cañas, compis, curros, precariedades varias y demás terrenalidades que dejé atrás hace un año se han acercado a nuestra mesa. Ha sido algo así como desenterrarlos. Es curioso porque el primer día que me encontré a A. en Ubud, todavía tenía Madrid muy lejos y Melbourne muy cerca. Sin embargo, ella ha sido el puente entre el Melbourne en llamas que me llevé y el Madrid y Barcelona que están por venir. Me fui de la ciudad australiana en estado volcánico, con un montón de cosas encendidas allí, y con la angustia de dejarlas todas a la mitad. Con el miedo de que no me esperasen, de que no me esperen, vaya. Sin embargo, en Bali he asentado de nuevo lo que ya había aprendido antes, en el viaje: la conciencia de que nadie es imprescindible y de que, en fin, lo que tenga que esperarme, me esperará. Y a relativizar los demás plantones.

Días de cierre en los que además, A. me reencuentra y me recuerda la que era antes de irme, el estrés en el qué me encontraba, la incapacidad para afrontarme a ciertas cosas, y yo le sumo tantos otros puntos que la lista resulta aburridísima. No me lo ha dicho en estas palabras, pero diría que me ha encontrado un poco como la de siempre, pero multiplicada (esperemos que no en dimensiones físicas) y aliviada. Y ha sido una feliz conclusión porque supongo que a esto era a lo que venía: a quitarme las pieles. Y pensándolo bien, me parece bonito poder decir ‘he vuelto yo’, incluso más que ‘he vuelto distinta’. O bueno, dependerá, claro.

Nos quedan cuatro puestas de sol en Bali, hoy es la número cuatro, y empieza a restar. Miro a A. que, sentada en un templecito o porchecito o construcción mística balinesa o lo que sea en medio de la playa, recopila las pautas de estos días para convertirlas en semillitas realistas y viables para su plan. A. tiene un plan para que respirar hondo no sea sólo cuando no puedes más si no cuando tú lo decides y por el placer de hacerlo, y yo, ahora que el nudo en el estómago aprieta y que empiezo a estar excitantemente nerviosa, sólo tengo canciones horteras salidas de no sé dónde martilleándome la cabeza (“qué es lo que tengo, qué tengo de tó!”) y esta avalancha de sueños raros que llegan, deduzco, de algún sótano maltratado allí dónde nunca barremos.


martes, 12 de julio de 2011

De abrigos rojos y otras fantasías

Cansancio y poco sueño en esta pseudo recta final. Alguien ha robado diez segundos a los minutos y el sentido de la ambición a mi eficacia. Como más cosas tengo que hacer, más disfruto mirando el naranjo de la casa dónde vivo ahora.
Qué haré para montármelo tan mal en todas partes y acumular tantas listas con puntos.

A un mes de decirle un "hasta luego" a Melbourne, he conseguido el abrigo rojo del dibujito. Cuando vuelva no me va a hacer falta porque aquí será, por fin, primavera. Pero en estos últimos días de invierno cabrón paseo con mi bici, mi perro y mi abrigo en el medio del parque Merry Creek con la satisfacción máxima de la vida paralela. Me veo desde fuera y en fin, me emociono: sacaría la cámara para grabar un videoclip de mi misma, un documental, un algo. Con ventiladores camuflados que me hicieran volar el pelo, y mi perro blanco galopando (sé que es un perro, pero me gusta imaginarlo así) a mi lado, casi volando.
En fin, volviendo al abrigo, el plus que no estaba en mi dibujito es que es de piel, y es espectacular. No es mío, pero me vale. Lo tengo de intercambio, como casi todo lo de aquí. Intercambio casa por cuidar de animales, intercambio vídeos por favores, intercambio clases por más favores y en fin. El swapeo, que lo llamamos.


En otro orden de cosas de estas inconexas, acabo de terminar un videecito, que no es lo máximo porque es una promo, y además de una escuela de inglés. Vamos, el antisueño del documentalista.
Pero...
Pero es mi primer curro pagado de vídeo en Melbourne. El resultado de ir por la calle como una loca desquiciada con la cámara como quién va al parque con perros o niños para ligar. El después de unos cuantos vídeos por la cara.
Por eso, porque a partir de aquí han salido otras cosas, y porque he tardado una eternidad en terminarlo, pues le tengo mucho cariño.
Y en cualquier caso, es un agujerito por el que mirar la ciudad porque, al final, la idea era esa. Youtube está lleno de vídeos de escuelas con estudiantes soporíferos que alaban las virtudes de la escuela en cuestión y que no se los cree ni su madre. Así que decidimos enseñar Melbourne, que es, al final, el mejor pretexto para aprender inglés o para lo que te de la gana. Porque Melbourne mola mil.

sábado, 11 de junio de 2011

Tasmania 2: El Mona y Dustin Hoffman

Entrada al Mona
Palabras de agua en la instalación Bit Fall de Julius Popp

Lo de Dustin Hoffman en Rain Man no es leyenda.
Sin tener la cabeza torcida ni el tartamudeo (y espero que tampoco un hermano tan impostado, insportable y sabelotodo como Tom Cruise), David Walsh es un multimillonario tasmano que comparte con Raymond Babbitt el don por los números y las secuencias numéricas. Walsh padece también el síndrome de Asperger, que es un trastorno mental y de comportamiento que forma parte del espectro de trastornos autísticos.

Entre sus variados dones y obsesiones, destaca, como decía, el de los números. De hecho, es matemático.

Cuenta la sabiduría popular que este hombre se recorrió el mundo en diagonal entre las apuestas de caballos y los bingos, ganando auténticas fortunas. Un día, para salir de no sé qué país, se dio cuenta de que que llevaba demasiada pasta encima cómo para salir así tal cual. Oh, ese problema, ya sé. Total, que decidió, más o menos (no sé si fue en ese momento, el día antes o cuando, pero lo decidió, y es lo importante), comprar una obra de arte para invertir el pastizal.

Dicen que así empezó su coleccionismo de arte que como todo en él, ha acabado siendo una obsesión. Tanto, que acabó fundando el MONA, el Museum of Old and New Art, uno de los sitios en general y museos en particular más espectaculares en los que he estado nunca (superando MACBA's y modernidades varias) y, sin duda alguna, el museo privado más importante de Australia (de goleada, vamos).
Un museo gratuito enmarcado en un entorno inverosímil e insultantemente bello dónde, tras llegar en un ferry, se te subministra un i-pod en la entrada con el fin de consultar toda la información de las obras: el i-pod geolocalizará tu posición dentro del museo y te enviará todos los datos de cada pieza, e incluso te permitirá que la clasifiques, entiéndase: decir si "I loved it" o si "I hated it". Además, luego te llegará un e-mail con todas las obras que has visto (las que no has visto, no) que han quedado registradas en tu i-pod, para que consultes información complementaria o simplemente, puedas volver a recordar el título. Delicioso.

El contrapunto: la imagen de montones de gafapastas entre momias y postmodernidad toqueteando ansiosos su i-pod es a ratos grotesca, pero a la experiencia del Museo lo pongo un diez y a David Walsh, un once. (Más sobre Walsh, aquí)

Espectacular el viaje en ferry hasta allí, que me hizo entender un poco porque a Tasmania la llaman la pequeña Nueva Zelanda.


Snake, Sidney Nolan

Fotograma de AAA de Marina Abramovic

jueves, 9 de junio de 2011

dos cientos setenta y cinco


En Tasmania celebro mis 275 días viajando. Hay algo de inevitable en esta cifra, y es la consciencia de, en cierto modo, estar volviendo.
Al principio del viaje me gustaba contar los días que llevaba fuera y darme cuenta de lo lejos que estaba aún del 365. Me divertía añadir nuevos días a mi cómputo, como pequeñas batallas ganadas. La suma positiva, digamos, aunque suene a redundancia.

El caso es que hoy hace nueve meses y dos días que Lina e Isa me despedían en la calle Pez esquina San Bernardo, dónde cogí el taxi hacia Barajas. Estaba tan cansada, que era incapaz de alegrarme por lo que me esperaba.
Parecen décadas.

La letra pequeña, de todos modos, es que me he pasado el día entero escapándome del frío, metiéndome en distintas tiendas de Hobart para que la lluvia no me encontrara. La banda sonora la ha puesto Antònia Font con 'Me sobren paraules', un tema de su último disco Lamparetes que ya para siempre va a ser tasmano (Gracias al adivina necesidades que me lo hizo llegar, por cierto).

Casi se me olvida el cumpleaños de mi hermano Jordi, y qué lejos queda también China, con lo bien que lo pasamos.

Asumo el riesgo del topicazo: Qué rápido pasa todo.

domingo, 5 de junio de 2011


Rodaje en Saint Kilda, Melbourne. Foto de Irene Cabré

Esencialmente noto que la ciudad me gana (y no yo a ella) cuando no sólo escribo mucho menos si no que además lo hago así:
-con guiones.
-todo por puntos.
-punto a.
-punto b.
-punto c.

Hay un salto cualitativo entre el pensamiento modo párrafo y el pensamiento modo guión.
En el segundo todo parece sacado de una agenda.

Los puntos, ahora, son:

1) La semana que cierro. Cada vez trabajando más y, aunque contenta, a veces y sólo a veces me planteo si es esto lo que quería. El invierno en junio también ayuda a pensar así.
Feliz, de todos modos, con los vídeos que me van saliendo, con las clases y con los alumnos. Mis clases favoritas son las de catalán. Sí, clases de catalán en Melbourne. Tengo un grupo de estudiantes espectacularmente heterogéneo con razones muy distintas para aprender la lengua de Pompeu Fabra.
(Abro paréntesis: en Melbourne hay una pequeña comunidad de catalanohablantes compuesta no sólo por los que venimos de Catalunya si no por australianos que, fascinados por la cultura catalana, llevan años estudiando la lengua y la historia de nuestro mini país. Flipante y admirable).
Creo que disfruto tanto con estas clases porque también me reconcilian, en cierto modo, con la falta de "activismo" de los últimos tiempos. Pongo las comillas en activismo, e intentaré explicarlo rápido y evitando panfletos.
La historia es que yo he crecido en la convicción de que existe una cierta "obligación" de difundir y dar a conocer nuestra cultura -la catalana, se entiende- allá dónde se vaya. Otra vez comillas en obligación: es algo que nace de dentro, un sentido de pertenencia traducido en esta creencia que, junto a otras, hace que el ejercicio de difusión y promoción cultural se practique con gusto. Y aunque adaptada a mi manera -creo que a veces los catalanes nos pasamos, y pecamos de lo mismo que criticamos- sigo sintiéndome cerca de esta convicción.
Supongo que por eso a ratos me pesaba el estar de catalana "freelance" en Madrid, aunque fuera algo que al mismo tiempo había decidido. La manera de la que me fui de Barcelona (muy castigada, sobretodo, por la imposibilidad de encontrar trabajo allí, y saturada de modernos y vendedores de humo) y mi necesidad de ver mundo marcaron un stand by, un punto de inflexión en mi relación con "la causa catalana" (comillas súper necesarias que le quiten, por favor, el olor a slogan).

Conclusión, rápida y parcial: Las clases de catalán, la curiosidad y las ganas de mis alumnos (que, por cierto, hablan que da gusto) me conectan de una manera más especial al sitio del que vengo, que a 17000 kilómetros resulta más bonito aún de lo que ya es de por sí. Con todas sus cositas, que también las tiene.


2) La semana que empiezo: cambios. El primero, acabo con el housesitting en el que he estado metida el último mes y medio. Ser una housesitter consiste básicamente en cuidar de una casa mientras los propietarios están fuera. Ellos se van, y tú te haces cargo de su hogar y de los animalitos que cohabitarán contigo -normalmente, la razón fundamental para vivir allí- Algo muy frecuente en el Planeta Australia, y en cambio difícil de imaginar en el planeta España, dónde de entrada no viajamos ni una cuarta parte de lo que lo hacen los australianos y sentimos, además, un (inexplicable, a veces) apego a nuestra casa de alquiler vergonzoso o de hipoteca cadavérica. Total, que los dueños vuelven y yo me voy con la música a otra parte. Concretamente, a Tasmania, dónde aprovecho el "vacío" de ser una homeless por unos días para pegarme un descanso de ciudad en la Isla del Diablo. Algo que además necesito bastante porque desde que me quedé en Melbourne tras seis meses de nomadismo, el punto número tres y último de este post, me martillea la cabeza:

3) Quiero seguir viajando.

martes, 3 de mayo de 2011

El lado masculino de la Costa Este II


Estas son las imágenes para estas palabras.

martes, 26 de abril de 2011

COSAS QUE ME GUSTAN DE MELBOURNE
* Su agotadora actividad cultural.
* La multiculturalidad como orgullo y marca de la ciudad, y la capacidad de integrar al foráneo como realidad definitoria de la idiosincrasia melbourniana. Los chinos más australianos que Cocodrilo Dundee y los indios taxistas hablando un inglés mejor que el de Nicole Kidman es un espectáculo novedoso ante el que flipo todos los días.
* Los rollos de sushi gigantes a dos dólares y medio (No exagero: con un rollo de sushi ya has comido)
* La fascinación de los melbournitas por todo lo que huela a español que, en mi caso, me beneficia. Me salen clases de castellano hasta en la sopa. Nunca me había planteado un día a día como teacher pero de momento es el que tengo y, encima, me gusta.
* La bici como alternativa real al coche y no como una atracción suicida para el sector radical de militantes de Greenpeace.
* Las tiendas de segunda mano como una opción viable para comprarte ropa, en vez de ser el sitio al que acudir para buscar vestidos de comunión amarillos y disfrazarte de niña muerta en Carnaval.
* Lo mal que baila la gente. Quiero decir: MUY mal.
* Lo genuino y hortera de la moda (o debería decir amoda) melbourniana.
* Sus mil festivales de cine.
* Sus ochenta salas de conciertos.
* La educación, cultura y conciencia ecológica.
* La arquitectura horizontal, y los parques.
* Los patios traseros de casi todas las casas.
* Los pájaros que entran en el Mac Donalds y los carteles que hay dentro: "Do not feed the birds".

* Que está muy lejos.

COSAS QUE NO ME GUSTAN DE MELBOURNE
* Su agotadoraaaaaaaaa actividad cultural. Son demasiadas cosas simultáneamente, y en un segundo te parece que te estás perdiendo cosas. ¿Cómo me voy a perder cosas si hace dos meses no había pisado esta ciudad? O sea, tiene el vicio de todas las ciudades que enganchan: no te da tiempo a nada.
* La fascinación por todo lo español.
Conversaciones arquetípicas parte I:
“-¿En España bailáis muy bien, no?
-No"
“-En España sois muy sexys, no?
–No”.
“-Buenos días, paella, paella, toros!
-….”
“-Andale, andale: viva Méjico!
–....”
* El rollo británico polite de los melbournianos que les hace formular preguntas de las que no les interesa en absoluto la respuesta. El "how was your day?" es para mi el clásico que se lleva la palma.
* La curiosa interpretación australiana del concepto 'invitar'.
* Los siete dólares que vale una cerveza, los ocho que cuesta una copa de vino, los diecisiete una entrada al cine, o los (toma ya!) doce dólares el quilo de plátanos tras las inundaciones, o sea, ahora. Vamos, que es jodidamente cara.
* El clima. Punto terrible, pero así es. En un día puedes vivir todas las estaciones.
* La obligatoriedad de llevar casco con la bici. (Por favor!)

* Que está muy lejos.

domingo, 24 de abril de 2011

El dibujito

"Nací para ahora mismo
para sólo este instante
decir que ha merecido
la pena tanta pena"

Belén Reyes,
de 'Ser mayor es un timo'


No sé cómo funcionará en cada uno; a mi me parece que todos tenemos dentro algo parecido a un dibujito de uno mismo en un futuro; un borrador a carboncillo que funciona para seguir avanzando y coger aire.

(Sueños, metas, todos esos nombres).

Para mi es un dibujito.



En ese dibujito yo soy yo jugando a ser otra en otro lugar: una ciudad dónde nadie me conoce, dónde puedo ser quién me de la gana, dónde tengo un jardín con tomates orgánicos que riego por las mañanas durante una hora y media, gota a gota, sin desperdiciar ni una, porque no tengo prisa.

En este dibujito también tengo un abrigo rojo, hablo otro idioma con mucha fluidez y sin acento, me paseo por calles nuevas todos los días, flirteo con todo el mundo, me busco la vida sin parar pero sin agonía porque lo hago casi por diversión, desayuno en bares dónde sirven tortas que no engordan y nunca tengo frío ni calor.

Esta ha sido la imagen de mi misma que durante mis últimos tiempos en Madrid me ayudaba a caminar. El horizonte. Pura magia y vitamina cuando era un secreto, promesa brillante cuando lo oficialicé.

Yo tenía un plan, que era el de mi dibujo.


O sea (y ahora que lo pienso): Llevo toda mi vida imaginándome en otra ciudad, la más lejana posible.


La historia es que lo he imaginado durante tanto tiempo, que siempre me he seguido viendo como cuando empecé a hacerlo: embalsamada en mis veinte años. Y de repente, estoy en Melbourne y tengo que volver a pasar por el escaparate dónde me he cazado mirándome, porque esta soy yo, la del dibujito, la que juega a todo eso, pero con diez años más.

Cuando diseñaba esta ficción a los veinte años pensé que la haría realidad a los veintiuno o a los veintidós; para los treinta este guión ya no me funcionaba, pero aún así, tampoco imaginé nada para la tercera decena ni por supuesto para después. Podemos decir que primero venía esto, y luego ya habría tiempo para dibujar más cosas.

El caso es que sí, tengo treinta años y estoy, por fin, en el dibujito. Y no pasa nada, claro que no. Es raro, pero no pasa nada. Sigo jugando y aquí estoy. Camino por Melbourne pensando en maneras excitantes de explicar las diferencias entre ‘ser’ y ‘estar’ a los alumnos a los que enseño castellano, mientras caigo en la cuenta –nunca es tarde- de que es fuerte tener dos verbos para lo que los ingleses sintetizan en uno, que además, en su traducción más absoluta significa existir.

No tengo un abrigo rojo porque definitivamente mis gustos han cambiado un poco. Hace una semana me compré una chaqueta marrón con borreguito por dentro en una tienda de segunda mano. Allí flirtée un poco con mi (cada vez mejor) inglés (que desde luego no es lo fluido que era en mi dibujo). Fue un flirteo tímido, porque otra de las cosas que ya no es igual que en el dibujito es que ahora soy una tímida (inexplicable); pero salí contenta, del flirteo y del abrigo marrón.

Espero que abrigue, porque en la realidad de este dibujo, Melbourne es ahora una ciudad que se prepara para el invierno: empieza a hacer frío y creo que además, será peor en unos días. Llegué a este sitio muy ligera, con ropa de verano, y no tengo mucho más a parte de mis dos vestidos cien veces lavados y mi forro polar, pero tampoco quiero comprarme cosas. He aprendido a vivir ligera, y es una de las cosas que más me gusta.

En otro orden de cosas, Unax Ugalde ha paseado su palmito estos días por El Festival de Cine la Mirada, aquí en Melbourne. Un Festival en el que he estado implicada para poder ver películas gratis. A Unax, le veía y le leía en la cara la ilusión de estar en la otra parte del planeta. Y mientras yo pensaba que los dibujitos están sobrevalorados. Esto es otra ciudad, claro que sí. Pero con los mismos vicios de todas las ciudades. Estoy parada aquí, ya no estoy viajando. Y es Melbourne, lo que tú quieras, pero dejar de viajar es triste.

Lo que sí que es verdad es que nadie me conoce, que puedo flirtear (si quiero, y me atrevo) con quién me de la gana, que las calles cada día son nuevas, que vivo con dos vegetarianas defensoras a ultranza de las ballenas y por lo tanto es más fácil que nunca plantar tomates, y que estoy en el culo del mundo.



Sobrevalorado o no, lo cierto es que al final todo es bastante parecido al dibujito, a pesar de los treinta años y de que las tortas sí engordan.

domingo, 6 de marzo de 2011

Subiendo.


















Seguimos subiendo por la Costa Este.
El viento nos sacude el pelo y la furgoneta,
y hoy casi un poco el ánimo.

Pero el sol siempre acaba volviendo.

domingo, 27 de febrero de 2011

Antes de la Costa Este


















La grandeza más obscena de este viaje:
todo lo que parecía lejano, remoto,
el horizonte que alimenta;
todo eso también acaba llegando.

Empiezo una ruta por la costa Este.
De Brisbane hasta Cairns.
Voy a estar metida unos días en una furgoneta,
conduciendo, durmiendo, cocinando,
estirando los atardeceres,
compartiendo con una gente que no conozco
pero que ya son La Tripulación.

Como un Gran Hermano pero sin cámaras.
(Bueno, esto último no).

Estoy ansiosa y al mismo tiempo alargaría esta víspera hasta el infinito.


lunes, 21 de febrero de 2011

Australia II. Enfocando.


Me di cuenta del tipo de lugar al que he llegado cuando el otro día, en la Bahía de Byron Bay, vi a un surfista haciendo surf con su pata de palo y nadie, absolutamente nadie parecía sorprenderse.
Aquí hace surf hasta el perro, y me parece que es un país que ofrece tanto placer por metro cuadrado, que los obstáculos tienen que ser realmente grandes para no disfrutar.
Porque a eso hemos venido a esta vida. ¿No?

Esto es lo que me llega, tras 15 días aquí, de Australia y del espíritu australiano, en una primerísisisisima impresión.


Pero vayamos por pasos.
La llegada a Australia fue un shock. Me lo iba imaginando, me lo venían diciendo, lo había leído etc. De nada sirvió. Los lugares comunes no le interesan a nadie, y menos cuando amenazan con romper una logradísima paz interior en un escenario impresionante. La propia piel es la que cuenta. Topicazo, pero más cierto que los yogures de cinco dólares de este país.
De modo que yo y mi mochila nos plantamos en el Aeropuerto de Brisbane desde el de Singapur, dónde había dejado a mi hermana en nuestra ya habitual despedida de rímel corrido, moco tendido y cuerpo tiritando.
En Brisbane me recibía mi amigo Santi, una inspiración para mi en toda esta fijación con las Antípodas y el único amigo por e-mail que he tenido en la vida. Él lleva 15 años en este país y hace más de tres años, cuando me plantée por primera vez la posibilidad de venir, le escribí para saber cosas y porque en el fondo (esto lo sé ahora con mi sabiduría treintañera) buscaba a alguien que me dijera: “Pos claro, mujer. Métele ovarios y vente para acá”. Y eso hizo él, con otro vocabulario y con mucha perseverancia, y desde entonces su figura ha funcionado en mi subconsciente y en los momentos de bajón como un horizonte inspirador y como el abrazo amable para mi llegada.
En Brisbane estuvimos el fin de semana en un motel. La propia palabra 'motel', con todo lo que tiene de película, más mi excitación, formaban un cóctel inverosímil; pero yo seguía viéndolo todo borroso, como borracha (sin haber bebido). La vida a través de un ojo de pez, o juntos el cansancio, el jetlag y el asombro. De modo que ese fin de semana lo recuerdo medio nublado, pero con algunos datos: una boda eritreana en la que Santi estaba trabajando haciendo el vídeo y a la que fui como invitada acoplada, una primera tarde con Julio y Estela, una pareja de españoles recién llegados y dispuestos a construir su proyecto aquí, un paseo por los alrededores con Timber Timbre sonando en mi i-pod y haciéndome sentir la protagonista de mi videoclip mental y calor, mucho calor.


El lunes, dos días después de mi llegada, cogimos el coche y bajamos a Lawrence, el pueblo dónde Santi vive con Linda, cruzando así la frontera entre Queensland y Nueva Gales del Sur, y llegando a uno de los sitios más especiales y tranquilos en los que he estado nunca.
Igual incluso demasiado.
Quizá por eso, por la sobretranquilidad y otros asuntillos que me inquietaban más que tranquilizarme, los días que estuve en ese pueblo fueron especiales y duros a partes iguales. Vi canguros y toda clase de bichos distintos, descansé, cociné (cuánto tiempo!), cogí el coche sola por carreteras con una luz que sólo había visto en el cine, tuve una habitación para mi, y Santi y Linda me cuidaron como si de verdad fuera la sobrina catalana que acaba de llegar. Pero tomé consciencia de estar de nuevo en Occidente, de la reactivación del taxímetro, de la necesidad de buscarme relativamente pronto una fuente de ingresos. De que igual tengo que, en breve, dejar de estarme moviendo como ahora y, Oh mi God, plantarme un poco en algún sitio.
¿Plantarme? ¿Dónde? ¿Por qué? Pero sobretodo, y de nuevo: ¿Dónde? ¿Cuál será el mejor sitio en esta descarada brutalidad de país?

A este susto, hay que sumarle el susto monetario, que en realidad tiene matices. Uno, cuando llega a Australia, y sobretodo si lo hace desde el sudeste asiático, se horroriza con los precios. Primero porque está claro que el surrealismo económico de Laos o Indonesia es irreproducible en el Primer Mundo, y estar comiendo por un euro o durmiendo por dos es algo que al llegar a Oceanía hay que recordar como sueño erótico que ya pasó (y como un descalabro insostenible).
En segundo lugar, uno tiende a hacer la conversión de un dólar =1 euro. Y no, no es así. En realidad un dólar australiano equivale hoy, por ejemplo, a 0.73 céntimos de euro. A lo que voy es que, definitivamente, hay cosas que son más caras, sí. Pero también es verdad que, partiendo de los sueldos australianos, me parece un país incluso barato. Lo que resulta angustiante es venir con euros y no generar más dinero porque sí, efectivamente, es un país que incita al consumo todo el rato, y las distancias son enormes, y hay que moverse, y en fin. El dinero se acaba mucho más rápido si uno quiere disfrutar de la cantidad de emociones que este país-continente ofrece, todas suculentas y esparcidas por su generosa geografía. Pero me parece que, proporcionalmente a los sueldos y a la calidad de vida, los ladrones están en casa y no aquí.


En fin. Cuando parecía que me estaba empequeñeciendo, y que la angustia me desenfocaba un poco el horizonte, tomé la decisión de irme hacia Byron Bay, el punto más al este de Australia y uno de los lugares más emblemáticos, por surfeo, por mochilerismo, por estilo de vida.
Volvía a estar sola y a tener que construirme e inventarme los días; algo que, he visto y he aceptado, me excita irremediablemente.
Byron es un lugar muy especial, el punto más oriental de Australia cargado de historias que igual no se merece pero que, desde luego, le suman puntos. El capitán Cook bautizó así esta bahía por el abuelo de Lord Byron, que era un navegante, también de carácter. Sin embargo, un funcionario de Sydney pensó que el nombre se debía al nieto y, fascinado por la gente famosa, puso a las calles de la población nombres de poetas, como Keats o Shelley.

Es un sitio privilegiado, por orientación, por las vistas, por las olas, por el clima. Somos privilegiados los que vamos allí por poder disfrutar todo esto y, de paso, de la fauna humana (variada y vistosa) que se pasea por aquí. De otras dimensiones, pero también un espectáculo.

El segundo día en la Bahía me levanté a las cuatro de la mañana para ir a grabar la salida del sol desde el faro. Ilusa de mi pensé que sería la primera en llegar allí, y mientras me ahogaba subiendo la cuesta me iba colgando mis medallas para darme ánimos. Cuando llegué, todavía de noche, compartí el espacio con toda la panda de vigoréxicos australianos que, de buena mañana y durante todo el día, se dedican a disfrutar de sus paisajes corriendo como enfermos, bajo un despiadadísimo sol que otorga a la tierra de los canguros, por cierto, la terrible titularidad de ser el país con mayor incidencia de cáncer de piel en el mundo.
Y ellos, dale a correr.

Ese día, mientras caminaba hacia el faro, decidí que voy a intentar seguir viajando mientras pueda. Porque sí, porque quiero, porque creo que además hay maneras aquí de moverse con poco dinero, si uno comparte gastos y se busca compañeros.
O sea. En el sudeste asiático es obsceno hacerse el hippie, porque ya es muy barato y porque nosotros somos inmensamente más ricos que ellos. Y además, no hace falta. Sin proponérselo, uno ya gasta muy poco. Aquí, en cambio, me parece que, si encuentras la manera, se puede vivir con poco sin que nadie se meta contigo, y moviéndote arriba y abajo. Por ejemplo, es un país furgonetero: mucha gente vive en sus furgonetas, o caravanas, y se dedica a moverse por todas partes sin gastar demasiado, surfeando, conociendo los sitios, disfrutando.

¿Por qué no podría hacerlo yo?

Así que, mientras intentaba idear formas de intercambio que me permitan alargar la travesía antes de pararme ya un poco más en algún sitio (que seguramente será Melbourne), me daba cuenta, ya sin ningún efecto narcótico extraño, que sí, es muy fuerte, pero estoy en Australia, el país al que siempre he querido ir.
(Tendré que construirme un nuevo sueño para cuando me vaya de aquí).

Y luego, desde ese faro, salió el sol.