
Fue un detalle por parte de Penang que no me enseñara todas sus ratas hasta el último día que estuve allí. Reconocida la falta de originalidad, pero el caso es que tengo un pánico terrible a las ratas y una increíble capacidad por mantenerlas en la retina y en el cerebro. Cosas.
Total: George Town, la capital de Penang, sólo se reveló como la Hamelin asiática en su último día, y yo estuve allí cuatro noches, sin saber exactamente por qué pero sin querer tampoco irme.
Llegué a Penang desde Tailandia experimentando esa especie de jetlag terrestre y emotivo que existe cuando dejas un país en el que has estado muy bien. De hecho, tardé casi un día entero en salir a la calle. Me daba un poco de miedo, por aquello del cambiazo, por aquello de virar del budismo al Islam, por aquello de meterme de repente en una macro urbe (nada de eso, en realidad, sólo fue una primera impresión), por aquello de tantos hombres juntos comiendo arroz con las manos y sin servilletas. En fin, que viajamos para, entre otras cosas, quitarnos los prejuicios, pero si uno está perezoso o menos predispuesto al cambio de chip, va un poco más lento, aunque al final llega igual, quiero creer.


Yo sólo estuve en George Town pero, en cualquier caso, fue un acierto.
Confieso. Mi motivación inicial era la gastronómica. Penang junta tres tradiciones gastronómicas, la malaya, la china y la hindú, además de la nyonya (aunque suene fatal, es un estilo -rico- de la zona, que se inclina por los sabores cítricos y el uso de chiles picantes)
y resquicios de la cocina tailandesa. De hecho, es conocida como la capital de la comida en Malasia, y se le atribuye el primer lugar de todo el país en cuanto a variedad, oferta y calidad de los puestos de comida callejera. Para mi, titular suficiente como para pasar a echarle un vistazo.
Y debo decir. Expectativas gastronómicas superadas con creces.
Conocí a Penny Watson, tan novelesca ella como su nombre, que con sesenta y cuatro años ha optado por vivir viajando como sistema de vida porque, a parte de ser su pasión y llevar toda la vida haciéndolo, le resulta mucho más barato vivir de esta manera en el sudeste asiático que quedarse en Estados Unidos, de dónde ella es. Me quedé sin palabras con la historia de Steve, australiano de treinta y pocos que lleva seis (seis!) años viajando sin volver a casa. En su caso, me pareció que el reloj ya le había dado demasiadas vueltas, y ahora no sabía exactamente cómo afrontar el momento retorno: me contó que llevaba un año seguido diciendo el próximo mes, y había algo inquietante en su forma de explicarlo. O igual yo me monté todo el guión. Pero, en cualquier caso, toma historia.
Penang además fue la primera manifestación en pequeño de lo que luego descubriría que es Malasia entera. Chinos, hindús y malayos conviviendo en un mismo espacio (casi en todas las grandes ciudades malayas hay un China Town o un Little India), además de tailandeses, indonesios, y muchos refugiados
vietnamitas,
camboyanos, y birmanos. Más los europeos que llevan allí desde tiempos coloniales, o bien los que se han montado el chiringuito.