martes, 25 de enero de 2011

Indonesia antes de. Bali, Lombok, Gilli Islands.

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De lo primero que me di cuenta al aterrizar en Indonesia a principios de enero, a parte de la descarada belleza de ellos y ellas, es que el regateo es una obligación. Sin llevar todavía el chip puesto, traté de averiguar el precio para el vehículo que me sacara del aeropuerto, y ellos mismos me obligaban a poner otra cifra distinta a la que me ofrecían a priori, sorprendidos y desconcertados de que no serpenteara con el importe: “I told you one prize, now you have to say another one”, me decían, conscientes de que partían del disparate. Yo, que todavía no tenía las referencias del valor de las cosas, no estaba dispuesta a entrar al trapo, de modo que me quedé un par de horas sentada en el aeropuerto estudiando la jugada, aturdida y aturullada ante una cultura tan despierta.
Así empezaron estos días.

Tras la reflexión, me subí a un bemo rumbo a Padang Bay con mi mochila y estos dos conocimientos como equipaje, la belleza nacional y el regateo, y enseguida confirmé el que sería el tercero de ellos: Bali es, mucho más allá del paraíso del vuelo chárter, el lugar de las sorpresas infinitas y del desmorone de las ideas preconcebidas. Es el lugar con las terrazas de arroz más bestias que he visto hasta ahora; la isla con la selva más espesa; el centro cultural con la espiritualidad más apabullante, las sonrisas más blancas y con la gente más simpática (y avispada). Y además, todo, absolutamente todo, es belleza. En Bali existe la obligación colectiva de crear cosas bellas, pues la belleza se considera al servicio de la comunidad y de la religión.

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Esta primera vez estuve dos días en Bali, sabiendo que volvería para recoger a mi hermana una semana más tarde: un encuentro que veníamos planeando desde hace mucho tiempo y que por fin, y tras distintos amagos, se confirmaba.

Unos primeros días en Indonesia esencialmente impacientes.

Por eso decidí aligerarme la espera en Lombok, la isla vecina a Bali. Dos días en Sengiggi, donde me alquilé una moto y recorrí las carreteras llenas de monos con las ruidosas lluvias tropicales como telón de fondo, y los otros tres en las islas Gilli, concretamente en Gilli Air. Había oído hablar de estas islas y, en honor a la verdad, no sé si es porque empiezo a tener el listón isleño demasiado alto o bien porque la época de lluvias lo ensombreció todo pero, en cualquier caso, no me parecieron espectaculares. Lo mejor: la pareja de alemanes con la que compartí el lugar, Oli y Susan, que me semiadoptaron y nos convertimos por unos días en una curiosa familia.

Cuando cumplía una semana en Indonesia volví a Bali, a Ubud, para preparar el reencuentro. Busqué una pensión bonita (en la misma línea económica en la que suelo moverme, pero bonita en cualquier caso), preparé el vestido que más me gusta y me fui a la cama escribiendo una de mis típicas listas, esta vez, de los distintos sitios a los que todavía quiero ir en el sudeste asiático. Al día siguiente iría a buscar a mi hermana al aeropuerto y esa noche estaba tan absolutamente contenta que me costó mucho dormir.

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3 comentarios:

Aroa dijo...

qué envidia marioneta

qué color tienen tus días

Paquito Clavel dijo...

Vaya, va a resultar que Bali es tu sitio, allí tú y tu talento seréis como una farolilla en una noche cerrada… un servicio público.

Besos a las Sisters!

Anónimo dijo...

Ni el perry es cansaria de llegir el teu blog i de mirar els teus vídeos. Es pot ser més flippy?