martes, 13 de noviembre de 2007


He conocido a un montón de ellas últimamente y me he acordado de ella, de la mía. Se llamaba (y sigue llamándose, imagino) Miriam y era la más guapa de todo el cole.
Era tan guapa. Era tan alta.
Iba a sexto, y nosotras, las de quinto (aunque por la distancia que me separaba de ella siempre sentí que en particular yo mucho más que las demás) queríamos ser como ella. Como en una peli americana de teenagers de los ochenta, pasaba por los pasillos y todos le decían cosas. Las mandonas de mi clase le pedían siempre la opinión, poniendo cara de interesantes, y luego nos imponían, algo tiranas, el criterio de Miriam sobre las normas de jugar a las gomas. Nos sentábamos durante el recreo en el banco de al lado de dónde estaba ella que, por supuesto, era la cabecilla de su grupo. Yo no podía parar de mirarla: llevaba levi’s (yo los vaqueros altos heredados de mi hermana), era alta (yo también, pero los niños de mi clase todavía no habían crecido y a mi no me servía de nada), era delgada (yo demasiado, casi desgarbada), pelo largo y liso, castaño claro y brillante (marrón caca y corto como de niño, lleno de rizos), y tenía tetas (obviamente, yo no).
Le sumaba, además (en contra de las teen idols de esas pelis) el añadido de que me parecía buena chavala, aunque nunca lo confirmé: no hablé demasiado con ella, no me atrevía. Mucho carácter, gritaba y se reía y ambas cosas las hacía muy alto, pero destilaba algo bueno, o así lo veía yo, en parte también porque no me hubiera permitido eclipsarme por alguien con un ápice de malicia. Mi madre, que para redondear mi etiqueta de niña freak y acomplejada era profe en el mismo cole, me decía que esa chica tendría muchos problemas por ser tan guapa, y yo, callada, pensaba qué tipo de problemas podría tener ella siendo tan guapa, tan popular, tan Miriam.
El pequeño gran detalle era que, además, salía con el chico que a mi me gustaba (a lo mejor porque también le gustaba a ella, he pensado con los años, aunque creo que lo mío fue primero). Un niño gamberro, muy muy rubio, cabecilla también de su cuadrilla. Sacaba muy malas notas y esto, a mi, empollona de fábrica, me parecía súper atractivo.
Todos vivíamos pendientes de la historia de Iván y Miriam: cortaban, volvían, lloraban, cortaban, volvían, y así se colaban en nuestras charlas en ese banco con la Súper Pop al lado, de la que ellos parecían también formar parte. Todos querían a Miriam, todas queríamos ser como Miriam.
Mientras tanto, yo, que en aquél entonces leía mucho y era tan fácil de picar como ahora, me enfadaba cuando mi padre, contento de verme todo el día en el sofá con un libro, bromeaba con la frase “culta, más que culta”. Sin hacer homenaje al adjetivo, sólo sabía que culta sonaba casi igual que culo (caca pedo pis) y que seguro que tenía relación, en el fondo, con Miriam, Iván y mi complejo de empollona transparente. Y le respondía, gritando, como ella: “¡Déjame, que yo no quiero ser culta!”
Yo quería ser como Miriam, la primera chica que conocí que se depilaba.

Me acordaba de todo eso con las Miriams de últimamente, y pensaba el otro día que si volviera a ver a la mía me gustaría contarle que hasta tercero de BUP seguí haciéndome reflejos rubios en el pelo y que lo primero que hice cuando junté diez mil pelas de varios canguros fue comprarme unos levi’s. Ojalá siga tan guapa y no haya tenido nada de lo que vaticinó mi madre. Yo nunca me lo creí.

10 comentarios:

Lara dijo...

(Parecía que me estabas describiendo en mi jodida pubertad seudoadolescente, sobre todo, compañera, porque yo tampoco tenía tetas, pero aquí sigo sin ellas. Me has atrapado porque yo no recuerdo ningún nombre de ninguna de las chicas más mayores que yo a las que miraba continuamente en la misa de los miércoles y en las reuniones para los aniversarios de Santa Teresa de Jesús. No recuerdo los nombres pero sé que un par de ellas fueron rubias. Con lo de los chicos gamberros qué te voy a contar. Hasta hace poquito anduve. Eso sí, conseguí dejar de ser empollona para tristeza de mis padres y en cuanto pude volar me di cuenta de que con unos levi's cualquiera tiene un buen culo, así que a explotarlo. Lo único que tuve claro a pesar de salir del puto cascarón asfixiante y lleno de complejos y crueldades que fueron aquellos años, era que no había que dejar de leer libros aunque uno sacara malas notas de pronto. Menos mal.)

Me ha encantado esta semblanza, este recuerdo, sobre todo me ha encantado que sigas manteniendo cariño en esa admiración tan básica. Con los años que han pasado. Algo nos queda de esas raras de piernas flacas encerradas en su habitación, y que no se pierda nunca.

Un beso fuerteeeeeeeeeeee.

Gregorio Luri dijo...

Plas, plas, plas.

Anónimo dijo...

Puffff, plas plas plas plas...

Las mías (porque tuve dos) se llamaban Anabel y Mayra... De todas formas, ahora, con el tiempo, estoy contenta de ser quién soy (aunque en aquél entonces les tuviera tanta envidia y quisiera ser tan como ellas)...

Mil besitos Mariona.

acróbatas dijo...

Ups, la de ahí arriba soy yo!!!

Carmen Moreno dijo...

Yo jamás miré a ninguna así. Yo, directamente, me enamoraba. Lo mío es peor...

vega dijo...

es buenísimo lo que cuentas... yo no sé como se llamaban las "mías". Supongo que las habría, pero no recuerdo exactamente esa admiración-fascinación por alguien concreto, aunque sí "envidiar" cosas de cada una de las niñas (el glamour para mi lo tuvieron los "repetidores" aquel término que las monjas usaban como la estrella de david en los campos de concentración y que a mi me atrajo siempre como la puerta cerrada de Barba Roja) y el uniforme escolar convertía los levis de las chicas de COU en algo aun más apetecible...
Luego fui al instituto, y entonces llegaron los Pepe Jeans desgastados, los tacones de 3 centímetros, luego los de 8 (y qué que sea alta). Ahora casi siempre voy plana...
Pero mis piernas nunca jamás fueron flacuchas, más bien han sido siempre como las de un centrocampista de primera división...
Me ha gustado volver a aquel patio del colegio, y recordarme colgada por las corvas de aquel arco metálico de pintura verde y desconchada, mirando el mundo del revés y con todita la sangre en la cabeza!!!

Kika... dijo...

El otro día, en el taller, hablamos tantísimo sobre los nombres.

Y yo conté cómo me llamo según el carnet de identidad. Qué curioso.

Me has recordado y despertado alguna cosa que andaba por ahí perdida: no sé si culta, no sé si profesora en el mismo cole, no sé si depilarse, no sé si Miriam. O quizá todo.

(ahora hay silencio porque releo. Me encanta)

Muchos besos (te vi muy guapa ayer!!)
K

Kika... dijo...

Ah! Y no he sido rubia hasta hace poco. Siempre fui pelirroja.

Más besos,
K

conde-duque dijo...

Me hace gustado mucho esta entrada. Nunca he llevado bien (ni he comprendido) eso de que a las chicas os gusten los "chicos malos". Es una injusticia grandísima.
PD: cuando te leo te veo leyendo y escucho tu voz, tan susurrante y bonita...

conde-duque dijo...

"Me ha gustado" quería decir