
jueves, 9 de junio de 2011
dos cientos setenta y cinco

domingo, 5 de junio de 2011
Rodaje en Saint Kilda, Melbourne. Foto de Irene Cabré-con guiones.
-todo por puntos.
-punto a.
-punto b.
-punto c.
En el segundo todo parece sacado de una agenda.
Los puntos, ahora, son:
1) La semana que cierro. Cada vez trabajando más y, aunque contenta, a veces y sólo a veces me planteo si es esto lo que quería. El invierno en junio también ayuda a pensar así.
Feliz, de todos modos, con los vídeos que me van saliendo, con las clases y con los alumnos. Mis clases favoritas son las de catalán. Sí, clases de catalán en Melbourne. Tengo un grupo de estudiantes espectacularmente heterogéneo con razones muy distintas para aprender la lengua de Pompeu Fabra.
(Abro paréntesis: en Melbourne hay una pequeña comunidad de catalanohablantes compuesta no sólo por los que venimos de Catalunya si no por australianos que, fascinados por la cultura catalana, llevan años estudiando la lengua y la historia de nuestro mini país. Flipante y admirable).
Creo que disfruto tanto con estas clases porque también me reconcilian, en cierto modo, con la falta de "activismo" de los últimos tiempos. Pongo las comillas en activismo, e intentaré explicarlo rápido y evitando panfletos.
La historia es que yo he crecido en la convicción de que existe una cierta "obligación" de difundir y dar a conocer nuestra cultura -la catalana, se entiende- allá dónde se vaya. Otra vez comillas en obligación: es algo que nace de dentro, un sentido de pertenencia traducido en esta creencia que, junto a otras, hace que el ejercicio de difusión y promoción cultural se practique con gusto. Y aunque adaptada a mi manera -creo que a veces los catalanes nos pasamos, y pecamos de lo mismo que criticamos- sigo sintiéndome cerca de esta convicción.
Supongo que por eso a ratos me pesaba el estar de catalana "freelance" en Madrid, aunque fuera algo que al mismo tiempo había decidido. La manera de la que me fui de Barcelona (muy castigada, sobretodo, por la imposibilidad de encontrar trabajo allí, y saturada de modernos y vendedores de humo) y mi necesidad de ver mundo marcaron un stand by, un punto de inflexión en mi relación con "la causa catalana" (comillas súper necesarias que le quiten, por favor, el olor a slogan).
2) La semana que empiezo: cambios. El primero, acabo con el housesitting en el que he estado metida el último mes y medio. Ser una housesitter consiste básicamente en cuidar de una casa mientras los propietarios están fuera. Ellos se van, y tú te haces cargo de su hogar y de los animalitos que cohabitarán contigo -normalmente, la razón fundamental para vivir allí- Algo muy frecuente en el Planeta Australia, y en cambio difícil de imaginar en el planeta España, dónde de entrada no viajamos ni una cuarta parte de lo que lo hacen los australianos y sentimos, además, un (inexplicable, a veces) apego a nuestra casa de alquiler vergonzoso o de hipoteca cadavérica. Total, que los dueños vuelven y yo me voy con la música a otra parte. Concretamente, a Tasmania, dónde aprovecho el "vacío" de ser una homeless por unos días para pegarme un descanso de ciudad en la Isla del Diablo. Algo que además necesito bastante porque desde que me quedé en Melbourne tras seis meses de nomadismo, el punto número tres y último de este post, me martillea la cabeza:
domingo, 22 de mayo de 2011
martes, 3 de mayo de 2011
martes, 26 de abril de 2011
domingo, 24 de abril de 2011
El dibujito
No sé cómo funcionará en cada uno; a mi me parece que todos tenemos dentro algo parecido a un dibujito de uno mismo en un futuro; un borrador a carboncillo que funciona para seguir avanzando y coger aire.
(Sueños, metas, todos esos nombres).
Para mi es un dibujito.
En ese dibujito yo soy yo jugando a ser otra en otro lugar: una ciudad dónde nadie me conoce, dónde puedo ser quién me de la gana, dónde tengo un jardín con tomates orgánicos que riego por las mañanas durante una hora y media, gota a gota, sin desperdiciar ni una, porque no tengo prisa.
En este dibujito también tengo un abrigo rojo, hablo otro idioma con mucha fluidez y sin acento, me paseo por calles nuevas todos los días, flirteo con todo el mundo, me busco la vida sin parar pero sin agonía porque lo hago casi por diversión, desayuno en bares dónde sirven tortas que no engordan y nunca tengo frío ni calor.
Esta ha sido la imagen de mi misma que durante mis últimos tiempos en Madrid me ayudaba a caminar. El horizonte. Pura magia y vitamina cuando era un secreto, promesa brillante cuando lo oficialicé.
Yo tenía un plan, que era el de mi dibujo.
O sea (y ahora que lo pienso): Llevo toda mi vida imaginándome en otra ciudad, la más lejana posible.
La historia es que lo he imaginado durante tanto tiempo, que siempre me he seguido viendo como cuando empecé a hacerlo: embalsamada en mis veinte años. Y de repente, estoy en Melbourne y tengo que volver a pasar por el escaparate dónde me he cazado mirándome, porque esta soy yo, la del dibujito, la que juega a todo eso, pero con diez años más.
Cuando diseñaba esta ficción a los veinte años pensé que la haría realidad a los veintiuno o a los veintidós; para los treinta este guión ya no me funcionaba, pero aún así, tampoco imaginé nada para la tercera decena ni por supuesto para después. Podemos decir que primero venía esto, y luego ya habría tiempo para dibujar más cosas.
El caso es que sí, tengo treinta años y estoy, por fin, en el dibujito. Y no pasa nada, claro que no. Es raro, pero no pasa nada. Sigo jugando y aquí estoy. Camino por Melbourne pensando en maneras excitantes de explicar las diferencias entre ‘ser’ y ‘estar’ a los alumnos a los que enseño castellano, mientras caigo en la cuenta –nunca es tarde- de que es fuerte tener dos verbos para lo que los ingleses sintetizan en uno, que además, en su traducción más absoluta significa existir.
No tengo un abrigo rojo porque definitivamente mis gustos han cambiado un poco. Hace una semana me compré una chaqueta marrón con borreguito por dentro en una tienda de segunda mano. Allí flirtée un poco con mi (cada vez mejor) inglés (que desde luego no es lo fluido que era en mi dibujo). Fue un flirteo tímido, porque otra de las cosas que ya no es igual que en el dibujito es que ahora soy una tímida (inexplicable); pero salí contenta, del flirteo y del abrigo marrón.
Espero que abrigue, porque en la realidad de este dibujo, Melbourne es ahora una ciudad que se prepara para el invierno: empieza a hacer frío y creo que además, será peor en unos días. Llegué a este sitio muy ligera, con ropa de verano, y no tengo mucho más a parte de mis dos vestidos cien veces lavados y mi forro polar, pero tampoco quiero comprarme cosas. He aprendido a vivir ligera, y es una de las cosas que más me gusta.
En otro orden de cosas, Unax Ugalde ha paseado su palmito estos días por El Festival de Cine la Mirada, aquí en Melbourne. Un Festival en el que he estado implicada para poder ver películas gratis. A Unax, le veía y le leía en la cara la ilusión de estar en la otra parte del planeta. Y mientras yo pensaba que los dibujitos están sobrevalorados. Esto es otra ciudad, claro que sí. Pero con los mismos vicios de todas las ciudades. Estoy parada aquí, ya no estoy viajando. Y es Melbourne, lo que tú quieras, pero dejar de viajar es triste.
Lo que sí que es verdad es que nadie me conoce, que puedo flirtear (si quiero, y me atrevo) con quién me de la gana, que las calles cada día son nuevas, que vivo con dos vegetarianas defensoras a ultranza de las ballenas y por lo tanto es más fácil que nunca plantar tomates, y que estoy en el culo del mundo.
Sobrevalorado o no, lo cierto es que al final todo es bastante parecido al dibujito, a pesar de los treinta años y de que las tortas sí engordan.