jueves, 9 de junio de 2011

dos cientos setenta y cinco


En Tasmania celebro mis 275 días viajando. Hay algo de inevitable en esta cifra, y es la consciencia de, en cierto modo, estar volviendo.
Al principio del viaje me gustaba contar los días que llevaba fuera y darme cuenta de lo lejos que estaba aún del 365. Me divertía añadir nuevos días a mi cómputo, como pequeñas batallas ganadas. La suma positiva, digamos, aunque suene a redundancia.

El caso es que hoy hace nueve meses y dos días que Lina e Isa me despedían en la calle Pez esquina San Bernardo, dónde cogí el taxi hacia Barajas. Estaba tan cansada, que era incapaz de alegrarme por lo que me esperaba.
Parecen décadas.

La letra pequeña, de todos modos, es que me he pasado el día entero escapándome del frío, metiéndome en distintas tiendas de Hobart para que la lluvia no me encontrara. La banda sonora la ha puesto Antònia Font con 'Me sobren paraules', un tema de su último disco Lamparetes que ya para siempre va a ser tasmano (Gracias al adivina necesidades que me lo hizo llegar, por cierto).

Casi se me olvida el cumpleaños de mi hermano Jordi, y qué lejos queda también China, con lo bien que lo pasamos.

Asumo el riesgo del topicazo: Qué rápido pasa todo.

domingo, 5 de junio de 2011


Rodaje en Saint Kilda, Melbourne. Foto de Irene Cabré

Esencialmente noto que la ciudad me gana (y no yo a ella) cuando no sólo escribo mucho menos si no que además lo hago así:
-con guiones.
-todo por puntos.
-punto a.
-punto b.
-punto c.

Hay un salto cualitativo entre el pensamiento modo párrafo y el pensamiento modo guión.
En el segundo todo parece sacado de una agenda.

Los puntos, ahora, son:

1) La semana que cierro. Cada vez trabajando más y, aunque contenta, a veces y sólo a veces me planteo si es esto lo que quería. El invierno en junio también ayuda a pensar así.
Feliz, de todos modos, con los vídeos que me van saliendo, con las clases y con los alumnos. Mis clases favoritas son las de catalán. Sí, clases de catalán en Melbourne. Tengo un grupo de estudiantes espectacularmente heterogéneo con razones muy distintas para aprender la lengua de Pompeu Fabra.
(Abro paréntesis: en Melbourne hay una pequeña comunidad de catalanohablantes compuesta no sólo por los que venimos de Catalunya si no por australianos que, fascinados por la cultura catalana, llevan años estudiando la lengua y la historia de nuestro mini país. Flipante y admirable).
Creo que disfruto tanto con estas clases porque también me reconcilian, en cierto modo, con la falta de "activismo" de los últimos tiempos. Pongo las comillas en activismo, e intentaré explicarlo rápido y evitando panfletos.
La historia es que yo he crecido en la convicción de que existe una cierta "obligación" de difundir y dar a conocer nuestra cultura -la catalana, se entiende- allá dónde se vaya. Otra vez comillas en obligación: es algo que nace de dentro, un sentido de pertenencia traducido en esta creencia que, junto a otras, hace que el ejercicio de difusión y promoción cultural se practique con gusto. Y aunque adaptada a mi manera -creo que a veces los catalanes nos pasamos, y pecamos de lo mismo que criticamos- sigo sintiéndome cerca de esta convicción.
Supongo que por eso a ratos me pesaba el estar de catalana "freelance" en Madrid, aunque fuera algo que al mismo tiempo había decidido. La manera de la que me fui de Barcelona (muy castigada, sobretodo, por la imposibilidad de encontrar trabajo allí, y saturada de modernos y vendedores de humo) y mi necesidad de ver mundo marcaron un stand by, un punto de inflexión en mi relación con "la causa catalana" (comillas súper necesarias que le quiten, por favor, el olor a slogan).

Conclusión, rápida y parcial: Las clases de catalán, la curiosidad y las ganas de mis alumnos (que, por cierto, hablan que da gusto) me conectan de una manera más especial al sitio del que vengo, que a 17000 kilómetros resulta más bonito aún de lo que ya es de por sí. Con todas sus cositas, que también las tiene.


2) La semana que empiezo: cambios. El primero, acabo con el housesitting en el que he estado metida el último mes y medio. Ser una housesitter consiste básicamente en cuidar de una casa mientras los propietarios están fuera. Ellos se van, y tú te haces cargo de su hogar y de los animalitos que cohabitarán contigo -normalmente, la razón fundamental para vivir allí- Algo muy frecuente en el Planeta Australia, y en cambio difícil de imaginar en el planeta España, dónde de entrada no viajamos ni una cuarta parte de lo que lo hacen los australianos y sentimos, además, un (inexplicable, a veces) apego a nuestra casa de alquiler vergonzoso o de hipoteca cadavérica. Total, que los dueños vuelven y yo me voy con la música a otra parte. Concretamente, a Tasmania, dónde aprovecho el "vacío" de ser una homeless por unos días para pegarme un descanso de ciudad en la Isla del Diablo. Algo que además necesito bastante porque desde que me quedé en Melbourne tras seis meses de nomadismo, el punto número tres y último de este post, me martillea la cabeza:

3) Quiero seguir viajando.

domingo, 22 de mayo de 2011

#SpanishRevolution in Melbourne

Resumen de la convocatoria de ayer sábado en el Consulado de España de Melbourne.


Y las fotos, aquí


martes, 3 de mayo de 2011

El lado masculino de la Costa Este II


Estas son las imágenes para estas palabras.

martes, 26 de abril de 2011

COSAS QUE ME GUSTAN DE MELBOURNE
* Su agotadora actividad cultural.
* La multiculturalidad como orgullo y marca de la ciudad, y la capacidad de integrar al foráneo como realidad definitoria de la idiosincrasia melbourniana. Los chinos más australianos que Cocodrilo Dundee y los indios taxistas hablando un inglés mejor que el de Nicole Kidman es un espectáculo novedoso ante el que flipo todos los días.
* Los rollos de sushi gigantes a dos dólares y medio (No exagero: con un rollo de sushi ya has comido)
* La fascinación de los melbournitas por todo lo que huela a español que, en mi caso, me beneficia. Me salen clases de castellano hasta en la sopa. Nunca me había planteado un día a día como teacher pero de momento es el que tengo y, encima, me gusta.
* La bici como alternativa real al coche y no como una atracción suicida para el sector radical de militantes de Greenpeace.
* Las tiendas de segunda mano como una opción viable para comprarte ropa, en vez de ser el sitio al que acudir para buscar vestidos de comunión amarillos y disfrazarte de niña muerta en Carnaval.
* Lo mal que baila la gente. Quiero decir: MUY mal.
* Lo genuino y hortera de la moda (o debería decir amoda) melbourniana.
* Sus mil festivales de cine.
* Sus ochenta salas de conciertos.
* La educación, cultura y conciencia ecológica.
* La arquitectura horizontal, y los parques.
* Los patios traseros de casi todas las casas.
* Los pájaros que entran en el Mac Donalds y los carteles que hay dentro: "Do not feed the birds".

* Que está muy lejos.

COSAS QUE NO ME GUSTAN DE MELBOURNE
* Su agotadoraaaaaaaaa actividad cultural. Son demasiadas cosas simultáneamente, y en un segundo te parece que te estás perdiendo cosas. ¿Cómo me voy a perder cosas si hace dos meses no había pisado esta ciudad? O sea, tiene el vicio de todas las ciudades que enganchan: no te da tiempo a nada.
* La fascinación por todo lo español.
Conversaciones arquetípicas parte I:
“-¿En España bailáis muy bien, no?
-No"
“-En España sois muy sexys, no?
–No”.
“-Buenos días, paella, paella, toros!
-….”
“-Andale, andale: viva Méjico!
–....”
* El rollo británico polite de los melbournianos que les hace formular preguntas de las que no les interesa en absoluto la respuesta. El "how was your day?" es para mi el clásico que se lleva la palma.
* La curiosa interpretación australiana del concepto 'invitar'.
* Los siete dólares que vale una cerveza, los ocho que cuesta una copa de vino, los diecisiete una entrada al cine, o los (toma ya!) doce dólares el quilo de plátanos tras las inundaciones, o sea, ahora. Vamos, que es jodidamente cara.
* El clima. Punto terrible, pero así es. En un día puedes vivir todas las estaciones.
* La obligatoriedad de llevar casco con la bici. (Por favor!)

* Que está muy lejos.

domingo, 24 de abril de 2011

El dibujito

"Nací para ahora mismo
para sólo este instante
decir que ha merecido
la pena tanta pena"

Belén Reyes,
de 'Ser mayor es un timo'


No sé cómo funcionará en cada uno; a mi me parece que todos tenemos dentro algo parecido a un dibujito de uno mismo en un futuro; un borrador a carboncillo que funciona para seguir avanzando y coger aire.

(Sueños, metas, todos esos nombres).

Para mi es un dibujito.



En ese dibujito yo soy yo jugando a ser otra en otro lugar: una ciudad dónde nadie me conoce, dónde puedo ser quién me de la gana, dónde tengo un jardín con tomates orgánicos que riego por las mañanas durante una hora y media, gota a gota, sin desperdiciar ni una, porque no tengo prisa.

En este dibujito también tengo un abrigo rojo, hablo otro idioma con mucha fluidez y sin acento, me paseo por calles nuevas todos los días, flirteo con todo el mundo, me busco la vida sin parar pero sin agonía porque lo hago casi por diversión, desayuno en bares dónde sirven tortas que no engordan y nunca tengo frío ni calor.

Esta ha sido la imagen de mi misma que durante mis últimos tiempos en Madrid me ayudaba a caminar. El horizonte. Pura magia y vitamina cuando era un secreto, promesa brillante cuando lo oficialicé.

Yo tenía un plan, que era el de mi dibujo.


O sea (y ahora que lo pienso): Llevo toda mi vida imaginándome en otra ciudad, la más lejana posible.


La historia es que lo he imaginado durante tanto tiempo, que siempre me he seguido viendo como cuando empecé a hacerlo: embalsamada en mis veinte años. Y de repente, estoy en Melbourne y tengo que volver a pasar por el escaparate dónde me he cazado mirándome, porque esta soy yo, la del dibujito, la que juega a todo eso, pero con diez años más.

Cuando diseñaba esta ficción a los veinte años pensé que la haría realidad a los veintiuno o a los veintidós; para los treinta este guión ya no me funcionaba, pero aún así, tampoco imaginé nada para la tercera decena ni por supuesto para después. Podemos decir que primero venía esto, y luego ya habría tiempo para dibujar más cosas.

El caso es que sí, tengo treinta años y estoy, por fin, en el dibujito. Y no pasa nada, claro que no. Es raro, pero no pasa nada. Sigo jugando y aquí estoy. Camino por Melbourne pensando en maneras excitantes de explicar las diferencias entre ‘ser’ y ‘estar’ a los alumnos a los que enseño castellano, mientras caigo en la cuenta –nunca es tarde- de que es fuerte tener dos verbos para lo que los ingleses sintetizan en uno, que además, en su traducción más absoluta significa existir.

No tengo un abrigo rojo porque definitivamente mis gustos han cambiado un poco. Hace una semana me compré una chaqueta marrón con borreguito por dentro en una tienda de segunda mano. Allí flirtée un poco con mi (cada vez mejor) inglés (que desde luego no es lo fluido que era en mi dibujo). Fue un flirteo tímido, porque otra de las cosas que ya no es igual que en el dibujito es que ahora soy una tímida (inexplicable); pero salí contenta, del flirteo y del abrigo marrón.

Espero que abrigue, porque en la realidad de este dibujo, Melbourne es ahora una ciudad que se prepara para el invierno: empieza a hacer frío y creo que además, será peor en unos días. Llegué a este sitio muy ligera, con ropa de verano, y no tengo mucho más a parte de mis dos vestidos cien veces lavados y mi forro polar, pero tampoco quiero comprarme cosas. He aprendido a vivir ligera, y es una de las cosas que más me gusta.

En otro orden de cosas, Unax Ugalde ha paseado su palmito estos días por El Festival de Cine la Mirada, aquí en Melbourne. Un Festival en el que he estado implicada para poder ver películas gratis. A Unax, le veía y le leía en la cara la ilusión de estar en la otra parte del planeta. Y mientras yo pensaba que los dibujitos están sobrevalorados. Esto es otra ciudad, claro que sí. Pero con los mismos vicios de todas las ciudades. Estoy parada aquí, ya no estoy viajando. Y es Melbourne, lo que tú quieras, pero dejar de viajar es triste.

Lo que sí que es verdad es que nadie me conoce, que puedo flirtear (si quiero, y me atrevo) con quién me de la gana, que las calles cada día son nuevas, que vivo con dos vegetarianas defensoras a ultranza de las ballenas y por lo tanto es más fácil que nunca plantar tomates, y que estoy en el culo del mundo.



Sobrevalorado o no, lo cierto es que al final todo es bastante parecido al dibujito, a pesar de los treinta años y de que las tortas sí engordan.