martes, 30 de octubre de 2007



ARRÁNQUEME, señora, las ropas y las dudas. Desnúdeme, desdúdeme.
La noche/2 Eduardo Galeano
(El libro de los abrazos)

lunes, 29 de octubre de 2007

Cuando me vio llorar, J. me cogió de la mano. Por la manera cómo me consolaba, supe que él también se preguntaba por qué estamos tan poco preparados ante lo que está escrito desde el día en qué nacemos.
Si hay cielo, ella seguro que está ahí, me dijo.
Pero lo cierto es que parecía que tuviera que abrir los ojos en cualquier momento.



UNA FOTOGRAFIA
En aquest lloc sense hombres ni horitzó cadascú parla un idioma diferent i, tanmateix, tothom s’entén. La primera impressió és que ningú no treballa, potser perquè ja no cal. Tots baden, somriuen, es miren els anells, es lamenten o reflexionen sobre com podrien ser les coses si encara hi fossin a temps. Fins ara, ningú no me n’ha sabut dir res, de l’A. Quan els ensenyo la fotografia on apareix damunt d’un poni, dos anys abans de l’accident, em feliciten per tenir un fill així, però ningú no el coneix ni l’ha vist mai. Estic impacient: ara que he escurçat la distància que ens separava, em fa por no trobar-lo. Que la vida sense ell no pagava la pena, he tingut massa temps per comprovar-ho. Ara, per contra, m’adono que estar-me aquí sense ell serà encara pitjor. Per això insisteixo fins que, de tant assenyalar la fotografia amb el dit, s’han anat esborrant uns trets que, a hores d’ara, deuen haver canviat. D’ençà que he arribat, no he vist ni cementiris ni xemeneies. Aquí no es fa mai de nit i el sol tampoc surt, de manera que no sé si el temps avança, retrocedeix o s’estanca. Això explicaria que encara no l’hagi trobat: tenim calendaris i rellotges diferents. Vull creure que, quan em vegi, d’entrada s’endurà una sorpresa i que, passat el primer impacte, l’alegria de tornar-nos a veure sera més forta que el dolor d’imaginar tot el que he hagut de fer per arribar fins aquí.

Sergi Pàmies, Una fotografia
(Si menges una llimona sense fer ganyotes)


En este lugar sin sombras ni horizonte cada uno habla un idioma distinto y, sin embargo, todo el mundo se entiende. La primera impresión es que nadie trabaja, quizá porque ya no hace falta. Todos se distraen, sonrien, se miran los anillos, se lamentan o reflexionan sobre cómo podrían ser las cosas si todavía estuvieran a tiempo. Hasta el momento, nadie me ha sabido decir nada de A. Cuando enseño la fotografía donde aparece encima de un pony, dos años antes del accidente, me felicitan por tener un hijo así, pero nadie le conoce ni le ha visto antes. Estoy impaciente: ahora que he acortado la distancia que nos separaba, me asusta no encontrarle. Que la vida no merecía la pena sin él, he tenido demasiado tiempo para comprobarlo. Ahora, en cambio, me doy cuenta que estar aquí sin él será peor todavía. Por eso insisto hasta que, de tanto señalar la fotografía con el dedo, se han ido borrando unos rasgos que, a estas alturas, deben de haber cambiado. Desde que he llegado no he visto ni cementerios ni chimeneas. Aquí nunca anochece ni tampoco sale el sol, de modo que no sé si el tiempo avanza, retrocede o se estanca. Esto explicaría que todavía no le haya encontrado: tenemos calendarios y relojes distintos. Quiero creer que, cuando me vea, de entrada se llevará una sorpresa y, pasado el primer impacto, la alegría de volvernos a ver sera más fuerte que el dolor de imaginar todo lo que he tenido que hacer para llegar hasta aquí.

Sergi Pàmies, Una fotografia.
(Si te comes un limón sin hacer muecas)

jueves, 25 de octubre de 2007

Hola, me llamo Alexandra. Soy sueca, y busco relaciones esporádicas, sólo sexo, sin ningún compromiso. Llámame.

Esta es la razón por la cual una compañera del curso recibió 84 llamadas perdidas y 100 y pico mensajes durante la hora de clase en qué había tenido el móbil silenciado. Alguien (cuando hoy escribo esto ella ya ha averiguado quién fue) había colgado este anuncio en loquo.
Salimos de clase y nos vamos a la cafeteria.
El teléfono no para de vibrar (nunca mejor dicho) encima de la mesa, iluminado. Al principio nos hace gracia, luego ya no. Yo le pregunto qué va hacer.
- No sé… -sus azulísimos ojos suecos (eso sí es cierto) se le empañan un segundo, pero enseguida sonríe – no me va muy bien ahora cambiarme el número de teléfono…

Silencio. El grotesco movimiento del teléfono paseándose por la mesa nos cohibe. Ella juega a juntar el azúcar esparcido, y alguien susurra que habrá que volver a clase. Asentimos todos a la vez, aliviados.
Mientras subimos las escaleras, uno de nosotros le dice a una chabalita, en voz baja:
- Tronca, yo no sé. O estamos todos muy solos, o muy locos o muy salidos…
Y la otra, triste y afectada:
- O todo a la vez… o algo peor…
Y él asiente, taciturno, mientras le abre la puerta para entrar a clase con una sonrisa muy cansada.

PD: Para escribir esto quise acudir al anuncio original. Entré en loquo el día de su publicación, pero me cansé antes de encontrarlo: había centenares de anuncios del mismo día en la sección de contactos.

martes, 23 de octubre de 2007


En este punto de las cosas, prefiero que tú leas el periodico por mi y luego me lo cuentes.

Totalmente de acuerdo: qué morro.
Pero puestos a poner filtros, me divierte más el filtro de tu lectura.

Aunque te advierto: te voy a distraer. No puedo evitarlo.

(Esta noche Alejandro Martínez acompañando a J.L Manzanero en la sala Clamores)

domingo, 21 de octubre de 2007



Las cosas no llegan antes por esperarlas mucho.
(Ya lo sabía pero)
ya lo he aceptado.
Habré crecido del todo.
Vaya.

viernes, 19 de octubre de 2007

(Hay que creer a Olivier cuando cuenta que ahora que ya no les necesita, entran todas las noches en su habitación)






En un lugar absurdo de un tiempo perdido, el menos vergonzoso de ellos se presenta:


- Hola. Voy a romper el hielo. Yo soy el del trabajo que no le dieron.
El de acento andaluz, sin pensárselo, se atreve:
- Pero el trabajo ya era casi suyo, ¿no? Y además él era el mejor candidato…
- Sí, pero al final desde la empresa decidieron ahorrarse ese sueldo, y claro, como eran pocos e iban muy liados, nadie se acordó de llamarle. Ya sabes…
- Ahhh… bueno, visto así… Yo más o menos como tú: soy el de la tercera cita. Sabes cuál ¿no? La cita en la que ella no acudió, ni llamó… ni todo eso.
Un tumulto de voces rompe la calma. El de acento andaluz se defiende.
- ¡No gritéis! Ella tampoco se explicaba por qué le entró miedo.,. y hasta que ella no se entendiera, yo no podía aparecer. Además –se disculpa- seguro que él ya lo habrá superado.
Al fondo, susurros asimétricos: no ha convencido al auditorio. Decide contraatacar:
- Chicos, que queréis que os diga…. nunca he soportado la linealidad…
- ¡Yo tampoco! –salta el de la gorra- ¡Aborrezco la linealidad! –grita, histriónico- Yo soy el del pasado que ha borrado, el del dolor reseteado que decide no salir a la superficie… y sí, compañeros, lo sé –solemne- : todo sería más fácil si de vez en cuando decidiera visitarle y se lo recordara todo… pero me aburre lo predecible y me pone el misterio… brindemos todos… por lo impredecible!

Y así fue, en un chin casi obsceno, cómo festejaron su reunión, ociosos e inconscientes, todos los capítulos perdidos. Les enorgullecía haberse salido del camino con el coche en marcha. La conciencia de haber dejado huérfanos y desvalidos a sus hermanos en el territorio de lo consecutivo les mareaba de placer.
Y en esta borrachera no premeditada, todos ellos, fugitivos, se pusieron de acuerdo para jugar de nuevo a romper la linealidad. Volverían del exilio. Pero esta vez lo harían todos de golpe. Ebrio de excitación, el de los recuerdos borrados cerró la estrategia:
- Ya veréis: ahora que ya no nos busca, si aparecemos todos al mismo tiempo va a ser mucho más divertido. Creedme: nunca miento.