como cuando sueñas que te siguenCada vez que le veo o me lo encuentro en una casualidad dudosa por la calle, la otra, ella, reacciona igual: se va. De nada sirve el deseo de querer decirle que ya nunca más volveré a su casa, llena de mierda y de ceniceros. Tampoco sirve el pensar que yo, al fin y al cabo, estoy por encima de él y de su cama de libros sin sábanas y de boquetes de cigarro en el colchón; por encima de su mesilla de noche whisky pegajoso gritando estoy solo.
Adicto de mierda, le diría. Adicto de mierda, me paralizas y no es para tanto, que lo sepas. Que en realidad tu estás solo y yo no; que yo soy más joven, y más guapa, y más un millón de cosas que no te imaginas ni voy a dejar que lo hagas, por borracho, por maldito, por ser el rey del pollo frito con vocación de Baudelaire.
Pero nada. La traidora me ha dejado. Es algo así como cuando sueñas que te siguen y no puedes gritar: no tengo voz, me sudan las pestañas y se me caen las cosas de las manos. Quizá por eso también yo empiezo a beber, para que me salga la voz, para dejar de sudar, para hacer que no me importa.
Y de esta manera, sin saber qué es primero, el huevo o la gallina, me veo de nuevo apartando los libros de la cama, ignorando que no hay sábanas, ni desayuno, ni nada que se le parezca. Y por la mañana, al cerrar la puerta, carraspeo y me doy cuenta de que ha vuelto, que la voz, otra vez, está aquí: otra vez tarde, incoherente, groseramente alegre, como si su ausencia hubiera sido un sueño y lo que he dejado tras la puerta, un espejismo.
(La foto es de Ariadna)








