

Vuelta a Madrid en autobus.
Cada vez que me monto en uno y que el de mi lado se duerme sobre mi hombro, que tropiezo cuando salgo en el descanso porque no me siento las piernas, cada vez que paramos en la misma estación de servicio donde te cobran 2 euros por un cortado, o que el niño de enfrente “juega” (por usar el verbo común) con un extraño y escandaloso artilugio teledirigido que parece molestarnos a todos menos a sus padres, me prometo a mi misma que va a ser la última vez. (La próxima te irán mejor las cosas, verás. Podrás improvisar un avión a última hora).
Esta vez desde Valencia, un pelín menos suicida que desde Barcelona.
Cerquita del mar he estado montando la presentación audiovisual de un equipo de fútbol sala. Tenía que conseguir piezas emotivas de algo que, a priori, a mi me emociona poco. Sin embargo, he llegado a entender, en cierto modo, lo básico de una emoción que, aunque ajena, puede excitarme a ratos.
Llego a Madrid por la noche y al día siguiente hay que ir a grabar un desfile, el ego de Cibeles. Vaya con el ego. Adecuadísimo el nombre. Paso de estar trabajando conmigo, encerrada, sólo teniendo que pelear ocasionalmente con mis cambios de criterio repentinos y mi cansancio, a verme de repente y desde fuera (y esto es lo peor), discutiendo con fotógrafos para trincar la cámara, pidiendo por favor (acojonada) que se apartaran, que yo estaba antes, que lo sentía, que eso era así ( esto es así, vaya frase).
La calurosa bofetada de realidad con la que me recibe Madrid, la city. Bienvenida.
Y al final, eso, modelos y futbolistas.
Evitando el juicio –después de todo, aquí estoy, comiendo- nunca dejo de alucinar con lo que mueven estas cositas. En el fútbol, en la moda. Me he sorprendido a mi misma con la piel alterada ante los fotogramas del penalty del éxito, y sigo sin aceptar el mecanismo de eso (e imagino que por ciertos prejuicios culturales ciertamente estupidillos me molesta un poquito que me ocurra). Con las modelos nada se ha movido, pero he visto las otras caras, los tacones, los vestidos, las risas, los abrazos, los reencuentros entre profesionales de la moda, el cigarrito de qué estás haciendo ahora, el sudor, el stress, la música extraña, las modelos con cabezas de animales y trajes futuristas, las videoproyecciones y detrás de todo, nosotros, peleándonos como si cubriéramos el fin del mundo.
Curioso, por lo menos.